Es el cuerpo el que acaba siempre por rebelarse. Escapando a las míseras restricciones, a todas aquellas prohibiciones que buscan extinguir -o por lo menos difuminar- las exigencias de los impulsos.
Sin embargo, existe también una especie de placer torcido -una forma de la perversión, incluso- en jugar a la prohibición como tentación.
Lo que resulta de todo esto no es más que un juego del gato y el ratón. Exigir una frontera que a fin de cuentas será traspasada, explícita o solapadamente, por los entusiastas de la transgresión. Por todos aquellos que se han visto volcados a convertir el deseo en un “artefacto” monstruoso. Ya sea como objeción ante los moralismos, o incluso como satisfacción orgásmica ante la oportunidad de rozar lo obsceno sin apenas tocarlo. Ese juego de tentar el castigo rayando solapadamente lo prohibido…
Así, no es “perverso” precisamente el transgresor. Todo lo contrario, es “perverso” aquél que busca la imposición de la censura. Quien inconforme y molesto con su propia naturaleza, busca destajar el deseo del otro castrando su natural impulso por la búsqueda del placer.
La naturaleza del placer convertida en “búsqueda malsana” produce monstruos…
La censura y la prohibición, incluso la modulación del placer por parte de poderes omnívoros (estado o clero) encuentra como respuesta efectiva fenómenos transgresores cada vez más incisivos, y sin embargo, igualmente redituables.
En Japón, por ejemplo, la Eirin (una de las instituciones encargadas de censurar producciones gráficas, televisivas y cinematográficas frente a la exposición de los genitales humanos) cobraba a principios del año 2000 unos 100 yenes por metro de cinta fílmica revisada, lo cual se traduce en unos 246.000 yenes por una película de duración media. ¡Todo un negocio!
No hace falta buscar mucho para darse cuenta de que cualquier ejercicio de poder requiere siempre un ejercicio de control: Lo que se puede decir; lo que se puede pensar; lo que se puede hacer y sobre todo, lo que es lícito desear…
Controlar el deseo a través del tabú: Prohibida la disidencia, prohibido el consumo de sustancias psicoactivas, prohibido la búsqueda del placer a través del cuerpo -y así sucesivamente- como una manera de imponer una agenda gubernamental o religiosa.
La uniformidad del pensamiento o la uniformidad de lo permitido hace más fácil encontrar y procesar a quien disiente, al “monstruo” que atenta contra las buenas costumbres o la moral pública y al mismo tiempo, convertirlo en figura ejemplarizante para todo aquél que intente seguirlo.
Los beneficiarios del tabú se complacen en dictar los límites, y cuando nuestro cuerpo no aguanta más y busca entonces bordear fronteras, nuestro deseo nos hace réprobos ante sus ojos; se hace “fetiche” ante la mirada atónita de aquellos puritanos de salón.
Daikichi Amano representa magníficamente la figura del contestatario, el rebelde que busca modelar el erotismo rayando de manera sublime y grotesca lo prohibido (prohibido sobre todo dentro de la cultura japonesa) tomando provecho de la genialidad de algunos directores y productores de cine nipón quienes, ante la prohibición de mostrar de manera explícita los genitales humanos, comenzaron a utilizar prótesis sintéticas, o simplemente, a reemplazarlas por prótesis animales (pulpos particularmente) recordando así la famosa xilografía erótica “El sueño de la esposa del pescador” (“Los pulpos y la buceadora”) de Katsushika Hokusai.
Esperamos que disfrutes (tanto como nosotros) esta “horrorosa” cara de la belleza…
Si te interesa conocer más acerca de la censura en Japón te recomendamos este artículo.
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El amor, la muerte y el fuego han sido unidos en el mismo instante. La muerte total y sin residuo es la garantía del paso al más allá. En el seno del fuego, la muerte no es la muerte.
G. Bachelard – Psicoanálisis del Fuego
Es en el símbolo, o a través del símbolo, como ingresamos a la civilización.
Interpretamos, interpelamos a la naturaleza y encontramos primero el asombro. Y al asombro le siguió un interrogante. Un no-saber que fue también la génesis o el deseo de un querer saber.
Y en medio del asombro y la ignorancia primitiva encontramos también una correspondencia vital. La reiteración de una naturaleza que se repite como un ciclo.
El eterno retorno del nacimiento y la muerte, de la primavera, el verano, el otoño y el invierno. La repetición de las generaciones, y el agua que fue hielo y luego nube, y fue agua nuevamente.
A la repetición incesante de los ciclos exteriores le correspondía también una repetición que se desarrollaba -silenciosa- en la génesis misma del cuerpo.
El niño que nace de una madre y después, al cabo de los años, vuelve a la tierra o al fuego -como madres finales y definitivas-.
La semilla que crece. Y el cadáver del árbol que cae a la tierra…
La piedra tallada con la paciencia indiferente del agua.
Los desiertos que se multiplican y nunca son los mismos bajo el capricho del viento.
El relámpago que se hizo fuego y después nos dio cobijo, luz, calor y alegría…
El símbolo fue también ese punto extremo en el que nos separamos de la naturaleza. La frontera entre la animalidad y el lenguaje. La división fundacional de la cultura.
El símbolo se hizo Prometeo regalando el fuego a los hombres. A las bestias que ya no eran, porque en el fuego encontraron también el signo de una razón que los apartó tajantemente de la naturaleza. De la existencia simple e indiferente de los demás animales.
Es en la historia del fuego donde descansa el mito fundacional de la cultura.
Alrededor del fuego nacieron los dioses. Lo profano y lo sagrado. La ley y los saberes.
Al fuego sagrado se le ocultó en los templos, signo de un pacto entre lo divino y lo humano.
Y el fuego fue símbolo porque unía y transformaba. Porque creaba y aniquilaba. Porque daba vida a algo nuevo y consumía al mismo tiempo lo que se consideraba obsoleto. Porque purificaba. Porque entregaba la luz y prestaba claridad cuando todo estaba oscuro.
Para la alquimia -maestra por excelencia en el arte de los signos- el fuego constituía el elemento primordial, principio activo de cualquier transformación de la materia.
Porque la transformación era -precisamente- la clave que contenía y descifraba todos los demás símbolos, detrás de los cuales se ocultaba el verdadero conocimiento de la naturaleza: La repetición y la correspondencia…
Detrás del fuego -como símbolo, y también como principio- se ocultó también lo que sólo aquellos «iniciados» (los verdaderos convocados del asombro) lograron entender a través del velo de lo rutinario: El conocimiento de la naturaleza es, por correspondencia, el conocimiento de sí mismo.
Quien conoce la naturaleza sabe cómo transformarla. Y así, quien se conoce a sí mismo sabe cómo transformarse…
Elevarse por encima de sus propias condiciones. Por encima, incluso, de sus propias limitaciones.
No hay nada «sobrenatural» detrás de los símbolos. Detrás de ellos sólo habita el interrogante de un asombro que busca saber. Que quiere conocer la maquinaria que mueve al universo…
Así, el fuego es entonces el símbolo de todo símbolo.
La llama que ilumina y transforma. La que convoca y la que crea. La que disipa la sombra. La que nos hace uno y nos fragmenta.
El fuego, legendario y magnífico, es la presencia fundamental en la obra de la arquitecta Elena Colombo.
Una integración perfecta entre la majestad, el poder y la belleza.
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La voz ha tomado más cuerpo…¡Ha tomado más de tu cuerpo!
Se quedó a dormir -«¿Acaso duerme?»- en los pliegues de tu barriga.
Una mañana despiertas. Ha tomado tu ombligo. Y tiene rostro ahora. Se desplaza. Sube por las costillas y se sienta a mirarte al espejo mientras te lavas los dientes…
Y no para de hablar.
Cada vez resulta más difícil escucharte a ti mismo. La negación de su presencia -que ya no se puede disimular- es impensable.
Algunos días te deja heridas. Te marca -como una res-. Colonizándote:
Mattis Dovier, dieñador gráfico, ilustrador y animador de origen francés, nos trae esta inquietante pieza visual. Un breve y siniestro viaje al interior que nos acerca de manera gráfica al mecanismo, al funcionamiento mismo de la psicosis como desencadenamiento, escisión y disolución de la personalidad.
«Inside», una impresionante novela gráfica en 8-bits realizada como comisión para «Channel 4. Random Acts».
La traducción al español fue un magnífico aporte de «La Horca«.
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Dios mío, si tú hubieras sido hombre, hoy supieras ser Dios; pero tú, que estuviste siempre bien, no sientes nada de tu creación. ¡Y el hombre sí te sufre: el Dios es él!
La «ceguera» es, por excelencia, el síntoma de quien definitivamente no quiere ver más allá de lo que su empobrecida visión le permite contemplar.
Nos han traído -sordos y «estúpidos»- a un mundo suicida y desquiciado.
Somos el plato predilecto del consumo. De la represión. Del miedo y de la angustia…
«Siéntate» – «Compórtate correctamente» – «Ve a la escuela» – «Busca un trabajo» – «Conoce al amor de tu vida» – «Cuida tu figura» – «¿Para cuándo los hijos?» – «Asiste al culto los domingos» – «No hay lugar como el Caribe para gastar tu triste quincena vacacional…»
Terminamos siendo, con lo años, el cáncer del cáncer de la «civilización»…
Nosotros. La gangrena impasible. El consumo siniestro. La angustia destilada, administrada en dosis dementes por los entusiastas del «welfare estate».
¿Dices o eres dicho?
¿Deseas o eres deseado?
Es decir ¿Deseas realmente, o sólo ejecutas (a distancia) el deseo de algún otro?
¿La vida que llevas es la vida que quieres o solamente te ajustas la máscara y asumes el papel?
¿La pregunta te ofende? También los espejos…
Pero disculpa, no podemos hablar más claro. Si no preguntamos no obtenemos respuestas…
No lo olvides: «Símbolo» no implica una «deliberada manera de ocultar información». «Símbolo» es tan sólo una pregunta que busca viralizar la inquietud…
Permítete -por un momento- el contagio de la duda y el breve malestar de no saber a dónde va todo esto…
Disculpa, no podemos hablar más claro…
¿Has notado ya que la rutina se compone precisamente de todo eso que damos por sentado?
No lo olvides: El peligro de asumir -de dar por hecho y suponer- es que todo lo que nos interpela termina convirtiéndose en paisaje…
Interpretar no es producir o exagerar un «concepto elaborado». Interpretar es formular una pregunta que no cesa de repetirse con la tenacidad de una obsesión; fundamentar un sentido mientras se propone una pregunta. Es decir, producir una búsqueda de sentido que sólo subsiste en la inquietud que genera.
Interpretar «no es saber ni ignorar, sino buscar, y uno no busca sino cuando ya ha hallado lo mínimo envuelto -signo- que arrastra al pensamiento en un movimiento de búsqueda».
(El texto original -de Francois Zourabichvili sobre Deleuze- dice «Pensar» en lugar de «Interpretar», pero la paráfrasis funciona)
Dinos ¿qué otra cosa es un símbolo -un signo- más que un interrogante?
Necesitamos «símbolos» que nos golpeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos. Símbolos que nos haga sentir desterrados a los bosques más remotos, lejos de toda presencia humana, algo semejante al suicidio. Un símbolo debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros.
Y podríamos perfectamente alterar la frase y hacerle decir lo que en verdad dijo… Reemplazar la palabra símbolo por libros; y también por arte; y también por filosofía o ciencia…
Dinos: ¿Has escuchado hablar alguna vez de «I, pet goat II» («Yo, Cabra-Mascota II»)?
Esta es nuestra interpretación de ese símbolo… (¿Ya ves que no era tan difícil ejercer la paciencia mientras subía el telón?)
Pero más allá de la multiplicidad de interpretaciones que hizo estallar (algunas «traídas de los cabellos» y otras bastante sólidas) nos inquieta como resonancia de una clave que contiene un llamado a «DESPERTAR»…
Occidente ha banalizado tanto los símbolos -los arquetipos- que ha logrado desplazarlos de su lugar como interrogante y los ha convertido en cliché -simulacro de respuesta- ante una pregunta que no puede ser llenada, masificada, vendida ni mucho menos comprada.
¿Te resulta familiar el concepto «auto-ayuda»?…
Dirás entonces ¿Y cuál es, pues, la dichosa pregunta a la que responde ese «simulacro de respuesta»?
Es simple…
¿Has notado el impresionante crecimiento de la ansiedad/angustia por buscar en cábalas, zodiacos de revista para señoritas y «test de personalidad» la respuesta a la pregunta por la identidad?
¿Quiénes somos?
¿Y crees, por remota casualidad, que vas a encontrar la respuesta en el fondo de una caja de cereal? ¿Cosmopolitan? ¿Netflix? ¿Un cuestionario en Facebook o una «selfie» en Instagram?
«Cuerpo sin órganos» como manera de ejercerse a sí mismo -a su propio deseo- sin la atadura de discursos de poder dictatoriales: Religión, política, consumo, entretenimiento, patrones de bienestar, gurús de la buena salud (mental/corporal/espiritual). Y así sucesivamente…
De ahí la pregunta: ¿Dices o eres dicho? ¿Deseas o eres deseado?…
¿La vida que llevas es la vida que quieres o solamente te ajustas la máscara y asumes el papel?
Hacerse a un «cuerpo sin órganos» implica una reorganización del trajinado «Conócete a ti mismo» socrático… Sólo que la contemporaneidad tendrá que ajustarlo al «Conoce lo que deseas…»
Un «cuerpo sin órganos» requiere que conozcas con claridad la abismal diferencia entre «LO QUE DESEAS» y LO QUE EL «OTRO» (fantasma/poder dictatorial) DESEA HACERTE DESEAR…
Un «cuerpo sin órganos» como agenciamiento de tu propio deseo. De lo que buscas (aún sin saberlo). De lo que quieres ser (aún sin tener la más remota idea).
¿De qué se trata entonces?
De asumir el viaje. El peligro. La exposición a todos los encuentros y todas las pasiones. En suma, la METAMORFOSIS de ti mismo…
Como la figura del «Cristo» -que tampoco es un Cristo propiamente dicho- cruzando el río de los muertos… Como un «Ra» navegando la barca solar… Dejarse morir para volver a nacer… Cruzar la noche para encontrar -otra vez- el día… Mirar como caen -al final- los imperios y las mentiras…
-¿Qué gracia tendría esta vida si uno siempre fuera el mismo?-
Dejar de ser el que creías y comenzar a ser lo que aún no sabes que serás…
Agenciar el deseo hasta liberarte del deseo del «Otro»: El que te manipula para que creas. El que te seduce para que lo sigas. El que te promete libertad y -secretamente- te esclaviza. El que te «regala» el cielo sólo para que lo elijas. El que banaliza tu resistencia y te convence de que no vale la pena. El que te mira a los ojos -sonriendo- mientras te apuñala. El que te contagia de angustia mientras reprime una carcajada. El que te vende quimioterapias mientras se burla de tu enfermedad. El que ha hecho de tu entretenimiento una industria. El que te castiga mientras goza…
Hacerse a un «cuerpo sin órganos» es también ejercer activamente una muerte y un olvido…
Dejar que muera la idea que tienes de lo que es tu «identidad». Olvidarla en medio de todos los encuentros. Convertirte en potencia de todas las pasiones…
Exponerte a transformarte en otra cosa. Dejar de decir: «YO SOY» y comenzar a tatarear «DEVENGO…»
¿Devenir qué?
Lo que verdaderamente deseas -muchacho-…
¿Has escuchado mencionar la frase: «Atrévete a servirte de tu propia razón»? Para hacerte a un «cuerpo sin órganos» tendría que decir: «Atrévete a desear por ti mismo…»
A manera de «regalo sorpresa», mira este magnífico vídeo de «Tool». Las referencias simbólicas son similares…
Te invitamos a visitar el sitio web de Heliofant. Aquí encontrarás diversas explicaciones relacionadas con la simbología referida en el corto. Así como «pistas» y otros detalles coquetos.
¡Disfruta la experiencia!
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Pienso que en un sentido u otro, todos los seres humanos estamos interesados en trascender la naturaleza humana. El camino puede ser la religión, el arte o simplemente el miedo a la muerte. La única manera de vencer esto es aceptar la posibilidad de que podemos transformarnos en otra cosa. El problema es saber cuánto queda de uno mismo en la transformación. Por eso me interesan tanto los insectos, porque casi todos padecen transformaciones, metamorfosis. Uno se puede preguntar si una mariposa se acuerda de cuando era gusano. ¿Es el mismo individuo o es algo completamente distinto? No lo sé.
David Cronnenberg
La cuestión es la transformación. Materia que se desplaza de un modo a otro, dejando de ser lo que era, sin ser todavía lo que habrá de ser.
Ese punto intermedio donde la voracidad de los acontecimientos sacude la fragilidad del sentido hasta que termina por perderse; para ser otra cosa… Para sernos otro… Para devenirnos otro/otra/otros/multitud/legión/objeto/perro que ladra/mordisco… Y así sucesivamente…
Lo que nos hace vulnerables en esos preciosos momentos en los que ejercemos el deseo, o mejor, en los que somos ejercidos por el deseo, es precisamente el abandono de toda noción o dirección. De toda sensación de seguridad y quietud.
No se es el mismo mientras se produce/se padece/se somete/sucede un orgasmo -por ejemplo-…
Ya hemos insistido varias veces en que no es lícito hacerle decir a una obra lo que ésta nunca dijo o no tuvo intención de decir. Y queda claro también que lo que nos mueve es precisamente la inquietud. Inquietud porque encontramos resonancias. Porque lo que aquí vemos responde, tal vez, a preguntas que vienen con nosotros desde otros tiempos y otras territorialidades.
Lo que hay aquí nos remite una pregunta que ya nos precedía…
Y es entonces que encontramos algo que nos parece remotamente familiar…
«Cochlea & Eustachia», del ilustrador Hans Rickheit, nos recordó la inquietud «interpuesta» por la «Alicia» de Lewis Carroll.
Independientemente de las consideraciones/críticas morales que se puedan presentar por la «supuesta/confirmada» pedofilia del autor (porque esa no es la cuestión que nos interesa), y al margen también de cualquier consideración de tipo «pornográfico» frente a la novela, hay sin embargo sustratos que la recorren.
En Alicia todo empequeñece o crece al margen de sus personajes, y a la par de ellos, o contra ellos…
Cada vez que el deseo es traicionado, maldecido, arrancado de su campo de inmanencia, ahí hay un sacerdote
Gilles Deleuze – Félix Guattari
O es también Alicia la que padece transformaciones tan frenéticas que en muchos momentos ya ni siquiera es Alicia. O por lo menos lo que queda de ella no sabría decirlo…
No se trata tampoco de afirmar de manera grotesca (y hasta grosera) que «Cochlea & Eustachia» no es más que una versión Porno/Siniestra de «Alicia en el país de las maravillas».
Nos interesa la manera en la que sucede la transformación. Lo que la recorre. Lo que la alimenta. Nos interesa lo que Hans Rickheit ha logrado, o mejor, la cuestión que Hans Rickheit ha dejado en el aire al ponernos frente a sus miedos/obsesiones oníricas.
Como dijimos en un principio, la cuestión es la transformación… La metamorfosis.
Y en eso se parecen también el horror, el asombro, la inquietud y el morbo que nos puede producir observar esta obra; estas ilustraciones.
Para liberar el “Cuerpo sin órganos” hace falta mucha prudencia: abrir el cuerpo a conexiones que suponen todo un agenciamiento
Gilles Deleuze – Félix Guattari
Lo que ocultamos de la normalidad. Lo que no dejamos ver por temor a ser identificados/categorizados bajo el rótulo de una «naturaleza pervertida» o desviada.
Pero es en sueños también donde se caen todas las máscaras…
Resulta interesante recordar lo que alguna vez escuchamos: «El mecanismo por el cual funciona lo inconsciente, como en los sueños, es aditivo…» Todo sucede como una suma desquiciada de objetos/deseos/lugares donde, frenéticamente, un sitio cualquiera es A y B y Z al mismo tiempo.
Y también las personas. Los acontecimientos.
«Cochlea & Eustachia» recorren -como Alicia- un mundo subterráneo. Los objetos/animales les recuerdan constantemente que todo es provisional y transitorio. Que todo lo que allí ocurre sucede hacia la mitad. No es esto, pero tampoco es lo de más allá, sino hacia la mitad.
Intensidades más que sujetos-objetivados y claramente discernibles. Estratificados dentro de la funcionalidad operativa de una sexualidad «normal».
No hay caballos que no sean también falos sin cabeza llenos de cavidades, mucosas y artefactos interconectados. No hay gatos que no sean también teléfonos anales o interruptores de un mecanismo del cual ignoramos completamente su función. Pero no por esto dejan de tenerla, aunque resulte inverosímil.
Alcia «sucumbe» a la profundidad y cae por el agujero del conejo. «Cochlea & Eustachia» habitan de antemano la profundidad y conviven -como cosa cotidiana- en la pura indeterminación. En un devenir «demente» que no cesa de escapar a cualquier objetivación.
La profundidad que habitan no atiende a ninguna direccionalidad. No es vertical ni horizontal, sino las dos al mismo tiempo y en adición a cualquier otro «sentido» o dirección que suceda o se presente. Es el puro deseo sin estratificación, ni plan, ni modelo moral.
No es precisamente el fantasma del deseo en cuanto «castración», sino el puro deseo en cuanto intensidad y potencia de todos los encuentros…
Sin embargo, ahí era donde se ocultaba el deseo, el Oeste era el camino más corto del Este, y de las otras direcciones redescubiertas o desterritorializadas.
Sin embargo, ahí era donde se ocultaba el deseo, el Oeste era el camino más corto del Este, y de las otras direcciones redescubiertas o desterritorializadas.
Gilles Deleuze – Félix Guattari
«Cochlea & Eustachia» no remiten a un juego de «lógicas del sinsentido», como tal vez ocurre en Alicia. Todo lo contrario, «acontecen» a expensas de cualquier diagramación de un sentido posible (de una direccionalidad tipo: Esto es A y, por lo tanto, no es B).
Este par de niñas suceden como en sueños: Expuestas a todos los encuentros, potencias de todas las pasiones, sujetas a la indigestión y al «desenfreno». Ellas u otras. Penetradas y penetrantes: se degluten a sí mismas y entre sí, pero ignoran exactamente el orden del proceso. Es decir, ignoran si tragan, o son tragadas. E incluso, ignoran si tragan o defecan, o el proceso contrario…
Pero resulta que es al mismo tiempo que las dos cosas suceden… Un devenir «en la simultaneidad, cuya propiedad es esquivar el presente».
«Cochlea & Eustachia» suceden (nos hacen rememorar una inquietud que nos precede) frente a la cuestión del «Cuerpo sin órganos» en el tratamiento conceptual que hacen Deleuze y Guattari frente al asunto.
Y nos parece entonces que esta serie ilustrada nos da una buena idea de lo que el concepto «Cuerpo sin órganos» implica en toda su intensidad: El puro deseo en cuanto síntesis de una potencia y un agenciamiento. Una ética en el límite, donde se desea y -activamente- se decide desear: «campo de inmanencia del deseo. Plan de consistencia propio del deseo (justo donde el deseo se define como proceso de producción, sin referencia a ninguna instancia externa, carencia que vendría a socavarlo, placer que vendría a colmarlo).
El puro deseo enfrentado al límite de su propia «mayoría de edad» kantiana… Sin lugar a agenciamientos de tipo externo/normativo/sintomático/coercitivo.
No el deseo como el lugar del «fantasma» o el síntoma, sino como campo de producción de un sentido desterritorializado/nómada/desvinculado. Es decir, que se produce a sí mismo sólo en la medida en que acontece.
No hay nada tan difícil como hacerse cargo de sí mismo y de su propio deseo ¿cierto?
Aquí un enlace donde puedes leer más acerca de la noción del «Cuerpo sin Órganos»
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Es posible que la muerte en sí no sea una necesidad biológica. Tal vez morimos porque deseamos morir.
Sigmund Freud
NOTA: Esta entrevista a Sigmund Freud, fue concedida en el año 1926 al periodista George Sylvester Viereck. A pesar de que se creía perdida, fue publicada en el volumen de “Psychoanalysis and the Fut” (New York en 1957). La traducción es de Miguel Ángel Arce.
“Revista Bifrontal” la reproduce con fines netamente informativos. De igual manera, acompañamos el texto con las ilustraciones de algunos artistas quienes realizaron magníficas piezas cuyo tema central es el mismo Sigmund Freud.
S. Freud: Setenta años me enseñaron a aceptar la vida con serena humildad.
Quien habla es el profesor Sigmund Freud, el gran explorador del alma.
El escenario de nuestra conversación fue en su casa de verano en Semmering, una montaña de los Alpes austríacos.
Yo había visto el país del psicoanálisis por última vez en su modesta casa de la capital austríaca. Los pocos años transcurridos entre mi última visita y la actual, multiplicaron las arrugas de su frente. Intensificaron la palidez del sabio.
Su rostro estaba tenso, como si sintiese dolor. Su mente estaba alerta, su espíritu firme, su cortesía impecable -como siempre- pero un ligero impedimento en su habla me perturbó. Parece que un tumor maligno en el maxilar superior tuvo que ser operado. Desde entonces Freud usa una prótesis, lo cual es una constante irritación para él.
S. Freud: Detesto mi maxilar mecánico, porque la lucha con este aparato me consume mucha energía preciosa. Pero prefiero esto a no tener ningún maxilar. Aún así prefiero la existencia a la extinción. Tal vez los dioses sean gentiles con nosotros, tornándonos la vida más desagradable a medida que envejecemos. Por fin, la muerte nos parece menos intolerable que los fardos que cargamos.
(Freud se rehusa a admitir que el destino le reserva algo especial).
S. Freud: ¿Por qué (dice calmadamente) debería yo esperar un tratamiento especial? La vejez, con sus arrugas, llega para todos. Yo no me revelo contra el orden universal. Finalmente, después de setenta años, tuve lo bastante para comer. Aprecié muchas cosas en compañía de mi mujer, mis hijos, el calor del sol.
Observé las plantas que crecen en primavera.
De vez en cuando tuve una mano amiga para apretar. En otra ocasión encontré un ser humano que casi me comprendió. ¿Qué más puedo querer?
De vez en cuando tuve una mano amiga para apretar. En otra ocasión encontré un ser humano que casi me comprendió. ¿Qué más puedo querer?
George Sylvester Viereck: El señor tiene ya una cierta fama. Su obra prima influye en la literatura de cada país. Los hombres miran la vida y a sí mismos con otros ojos, por su causa. Recientemente, en el septuagésimo aniversario, el mundo se unió para homenajearlo, con excepción de su propia universidad.
S. Freud: Si la Universidad de Viena me demostrase reconocimiento, me sentiría incómodo. No hay razón en aceptarme a mí o a mi obra porque tengo setenta años. Yo no atribuyo importancia insensata a los decimales. La fama llega cuando morimos y, francamente, lo que ven después no me interesa. No aspiro a la gloria póstuma. Mi virtud no es la modestia.
George Sylvester Viereck: ¿No significa nada el hecho de que su nombre va a perdurar?
S. Freud: Absolutamente nada. Es lo mismo que perdure o que nada sea cierto. Estoy más bien preocupado por el destino de mis hijos. Espero que sus vidas no sean difíciles. No puedo ayudarlos mucho. La guerra prácticamente liquidó mis posesiones, lo que había adquirido durante mi vida. Pero me puedo dar por satisfecho. El trabajo es mi fortuna.
(Estabamos subiendo y descendiendo una pequeña elevación de tierra en el jardín de su casa. Freud acarició tiernamente un arbusto que florecía).
S. Freud: Estoy mucho más interesado en este capullo de lo que me pueda acontecer después de estar muerto.
George Sylvester Viereck: ¿Entonces, usted es, al final, un profundo pesimista?
S. Freud: No, no lo soy. No permito que ninguna reflexión filosófica complique mi fluidez con las cosas simples de la vida.
Por lo que me toca, estoy perfectamente satisfecho en saber que el eterno aborrecimiento de vivir finalmente pasará.
S. Freud: Sinceramente no. Si la gente reconoce los motivos egoístas detrás de la conducta humana, no tengo el más mínimo deseo de retornar a la vida; moviéndose en un círculo, sería siempre la misma. Más allá de eso, si el eterno retorno de las cosas -para usar la expresión de Nietzsche- nos dotase nuevamente de nuestra carnalidad y lo que involucra, ¿para qué serviría sin memoria?. No habría vínculo entre el pasado y el futuro.
Por lo que me toca, estoy perfectamente satisfecho en saber que el eterno aborrecimiento de vivir finalmente pasará. Nuestra vida es necesariamente una serie de compromisos, una lucha interminable entre el ego y su ambiente. El deseo de prolongar la vida excesivamente me parece absurdo.
George Sylvester Viereck: Bernard Shaw sustenta que vivimos muy poco. Él encuentra que el hombre puede prolongar la vida si así lo desea, llevando su voluntad a actuar sobre las fuerzas de la evolución. Él cree que la humanidad puede recuperar la longevidad de los patriarcas.
S. Freud: Es posible que la muerte en sí no sea una necesidad biológica. Tal vez morimos porque deseamos morir. Así como el amor o el odio por una persona viven en nuestro pecho al mismo tiempo, así también toda la vida conjuga el deseo de la propia destrucción. Del mismo modo como un pequeño elástico tiende a asumir la forma original, así también toda materia viva, consciente o inconscientemente, busca readquirir la completa, la absoluta inercia de la existencia inorgánica. El impulso de vida o el impulso de muerte habitan lado a lado dentro de nosotros. La muerte es la compañera del Amor. Ellos juntos rigen el mundo. Esto es lo que dice mi libro: “Más allá del principio del placer”. En el comienzo del psicoanálisis se suponía que el Amor tenía toda la importancia. Ahora sabemos que la Muerte es igualmente importante. Biológicamente, todo ser vivo, no importa cuán intensamente la vida arda dentro de él, ansía el Nirvana, la cesación de la “fiebre llamada vivir”. El deseo puede ser encubierto por digresiones, no obstante, el objetivo último de la vida es la propia extinción.
George Sylvester Viereck: Esto es la filosofía de la autodestrucción. Ella justifica el auto-exterminio. Llevaría lógicamente al suicidio universal imaginado por Eduard Von Hartmann.
S. Freud: La humanidad no escoge el suicidio porque la ley de su ser desaprueba la vía directa para su fin. La vida tiene que completar su ciclo de existencia. En todo ser normal, la pulsión de vida es fuerte, lo bastante para contrabalancear la pulsión de muerte, pero en el final, ésta resulta más fuerte. Podemos entretenernos con la fantasía de que la muerte nos llega por nuestra propia voluntad. Sería más posible que no pudiéramos vencer a la muerte porque en realidad ella es un aliado dentro de nosotros. En este sentido (añadió Freud con una sonrisa) puede ser justificado decir que toda muerte es un suicidio disfrazado.
(Estaba haciendo frío en el jardín. Continuamos la conversación en el gabinete. Vi una pila de manuscritos sobre la mesa, con la caligrafía clara de Freud).
En este momento estoy trabajando en un caso muy difícil, intentando desatar conflictos psíquicos de un interesante paciente nuevo. Mi hija también es psicoanalista, como usted puede ver…
En este momento estoy trabajando en un caso muy difícil, intentando desatar conflictos psíquicos de un interesante paciente nuevo. Mi hija también es psicoanalista, como usted puede ver…
George Sylvester Viereck: ¿En qué está trabajando el señor Freud?
S. Freud: Estoy escribiendo una defensa del análisis lego, del psicoanálisis practicado por los legos. Los doctores quieren establecer al análisis ilegal para los no-médicos. La historia, esa vieja plagiadora, se repite después de cada descubrimiento. Los doctores combaten cada nueva verdad en el comienzo. Después procuran monopolizarla.
George Sylvester Viereck: ¿Usted tuvo mucho apoyo de los legos?
S. Freud: Algunos de mis mejores discípulos son legos.
George Sylvester Viereck: ¿El Señor Freud está practicando mucho psicoanálisis?
S. Freud: Ciertamente. En este momento estoy trabajando en un caso muy difícil, intentando desatar conflictos psíquicos de un interesante paciente nuevo. Mi hija también es psicoanalista, como usted puede ver …
(En ese momento apareció la señorita Anna Freud, acompañada por su paciente, un muchacho de once años y facciones inconfundiblemente anglosajonas)
George Sylvester Viereck: ¿Usted ya se analizó a sí mismo?
S. Freud: Ciertamente. El psicoanalista debe constantemente analizarse a sí mismo. Analizándonos a nosotros mismos, estamos más capacitados para analizar a otros. El psicoanalista es como el chivo expiatorio de los hebreos, los otros descargan sus pecados sobre él. El debe practicar su arte a la perfección para liberarse de los fardos con los que lo han cargados.
George Sylvester Viereck: Mi impresión es que el psicoanálisis despierta en todos los que lo practican el espíritu de la caridad cristiana. Nada existe en la vida humana que el psicoanálisis no nos pueda hacer comprender. “Tout comprendre c’est tout pardonner“.
El análisis nos enseña apenas lo que podemos soportar, pero también lo que podemos evitar.
El análisis nos enseña apenas lo que podemos soportar, pero también lo que podemos evitar.
S. Freud: Por el contrario (acusó Freud sus facciones asumiendo la severidad de un profeta hebreo), comprender todo no es perdonar todo. El análisis nos enseña apenas lo que podemos soportar, pero también lo que podemos evitar. El análisis nos dice lo que debe ser eliminado. La tolerancia con el mal no es de manera alguna corolario del conocimiento.
(Comprendí súbitamente por qué Freud había litigado con sus seguidores que lo habían abandonado, por qué él no perdona disentir del recto camino de la ortodoxia psicoanalítica. Su sentido de lo que es recto es herencia de sus ancestros. Una herencia de la que él se enorgullece como se enorgullece de su raza).
S. Freud: Mi lengua es el alemán. Mi cultura -mi realización- es alemana. Yo me consideré un intelectual alemán hasta que percibí el crecimiento del preconcepto antisemita en Alemania y en Austria. Desde entonces prefiero considerarme judío.
(Quedé algo desconcertado con esta observación. Me parecía que el espíritu de Freud debería vivir en las alturas más allá de cualquier preconcepto de razas, que él debería ser inmune a cualquier rencor personal. Pero debido precisamente a su indignación, a su honesta ira, se volvía más atrayente como ser humano. ¡Aquiles sería intolerable si no fuese por su talón!)
George Sylvester Viereck: ¡Me pone contento, Herr Profesor, que también el señor tenga sus complejos! ¡que el señor Freud demuestre que es, también, un mortal!.
S. Freud: Nuestros complejos son la fuente de nuestra debilidad; pero con frecuencia, son también la fuente de nuestra fuerza.
George Sylvester Viereck: Imagino, observo, ¡cuáles serían mis complejos!
S. Freud: Un análisis serio dura más o menos un año. Puede durar igualmente dos o tres años. Usted está dedicando muchos años de su vida a la “caza de los leones”. Usted buscó siempre a las personas más destacadas de su generación: Roosevelt, El Emperador, Hindenburgh, Briand, Foch, Joffre, George Bernard Shaw….
George Sylvester Viereck: Es parte de mi trabajo.
S. Freud: Pero también es su preferencia. El gran hombre es un símbolo. Su búsqueda es la búsqueda de su corazón. Usted también está procurando al gran hombre para tomar el lugar de su padre. Es parte del complejo del padre.
(Negué vehementemente la afirmación de Freud. Mientras tanto, reflexionando sobre eso, me parece que puede haber una verdad, no sospechada por mí, en su sugestión casual. Puede ser lo mismo que el impulso que me llevó a él).
El salvaje, como el animal, es cruel, pero no tiene la maldad del hombre civilizado. La maldad es la venganza del hombre contra la sociedad
George Sylvester Viereck: Me gustaría -observé después de un momento- poder quedarme aquí lo bastante para vislumbrar mi corazón a través de sus ojos. ¡Tal vez, como la Medusa, yo muriese de pavor al ver mi propia imagen! Aún cuando no confío en estar muy informado sobre el psicoanálisis, frecuentemente anticiparía o tentaría anticipar sus intenciones.
S. Freud: La inteligencia en un paciente no es un impedimento. Por el contrario, muchas veces facilita el trabajo.
(En este punto el maestro del psicoanálisis difiere bastante de sus seguidores, que no gustan mucho de la seguridad del paciente que tienen bajo su supervisión).
George Sylvester Viereck: A veces imagino si no seríamos más felices si supiésemos menos de los procesos que dan forma a nuestros pensamientos y emociones. El psicoanálisis le roba a la vida su último encanto al relacionar cada sentimiento a su original grupo de complejos. No nos volvemos más alegres descubriendo que todos abrigamos al criminal o al animal.
S. Freud: ¿Qué objeción puede haber contra los animales? Yo prefiero la compañía de los animales a la compañía humana.
George Sylvester Viereck: ¿Por qué?
S. Freud: Porque son más simples. No sufren de una personalidad dividida, de la desintegración del ego, que resulta de la tentativa del hombre de adaptarse a los patrones de civilización demasiado elevados para su mecanismo intelectual y psíquico. El salvaje, como el animal, es cruel, pero no tiene la maldad del hombre civilizado. La maldad es la venganza del hombre contra la sociedad, por las restricciones que ella impone. Las más desagradables características del hombre son generadas por ese ajuste precario a una civilización complicada. Es el resultado del conflicto entre nuestros instintos y nuestra cultura. Mucho más agradables son las emociones simples y directas de un perro, al mover su cola, o al ladrar expresando su displacer. Las emociones del perro (añadió Freud pensativamente) nos recuerdan a los héroes de la antigüedad. Tal vez sea esa la razón por la que inconscientemente damos a nuestros perros nombres de héroes como Aquiles o Héctor.
George Sylvester Viereck: Mi cachorro es un doberman Pinscher llamado Ájax.
S. Freud: (sonriendo) Me alegra saber que no puede leer. ¡Él sería, ciertamente, el miembro menos querido de la casa si pudiese ladrar sus opiniones sobre los traumas psíquicos y el complejo de Edipo!
Biológicamente, todo ser vivo, no importa cuán intensamente la vida arda dentro de él, ansía el Nirvana, la cesación de la “fiebre llamada vivir”
Biológicamente, todo ser vivo, no importa cuán intensamente la vida arda dentro de él, ansía el Nirvana, la cesación de la “fiebre llamada vivir”
George Sylvester Viereck: Aún usted, profesor, sueña la existencia compleja por demás. En tanto me parece que el señor sea en parte responsable por las complejidades de la civilización moderna. Antes que usted inventase el psicoanálisis no sabíamos que nuestra personalidad era dominada por una hueste beligerante de complejos cuestionables. El psicoanálisis vuelve a la vida como un rompecabezas complicado.
S. Freud: De ninguna manera. El psicoanálisis vuelve a la vida más simple. Adquirimos una nueva síntesis después del análisis. El psicoanálisis reordena el enmarañado de impulsos dispersos, procura enrollarlos en torno a su carretel. O, modificando la metáfora, el psicoanálisis suministra el hilo que conduce a la persona fuera del laberinto de su propio inconsciente.
George Sylvester Viereck: Al menos en la superficie, pues la vida humana nunca fue más compleja. Cada día una nueva idea propuesta por usted o por sus discípulos, vuelven un problema de la conducta humana más intrigante y más contradictorio.
S. Freud: El psicoanálisis, por lo menos, jamás cierra la puerta a una nueva verdad.
George Sylvester Viereck: Algunos de sus discípulos, más ortodoxos que usted, se apegan a cada pronunciamiento que sale de su boca.
S. Freud: La vida cambia. El psicoanálisis también cambia. Estamos apenas en el comienzo de una nueva ciencia.
George Sylvester Viereck: La estructura científica que usted levanta me parece ser mucho más elaborada. Sus fundamentos: la teoría del “desplazamiento”, de la “sexualidad infantil”, de los “simbolismos de los sueños”, etc.- parecen permanentes.
S. Freud: Yo repito, pues, que estamos apenas en el inicio. Yo apenas soy un iniciador. Conseguí desenterrar monumentos enterrados en los sustratos de la mente. Pero allí donde yo descubrí algunos templos, otros podrán descubrir continentes.
Yo puedo estar errado en muchas cosas, pero estoy seguro de que no erré al enfatizar la importancia del instinto sexual. Por ser tan fuerte, choca siempre con las convenciones y salvaguardas de la civilización.
Yo puedo estar errado en muchas cosas, pero estoy seguro de que no erré al enfatizar la importancia del instinto sexual. Por ser tan fuerte, choca siempre con las convenciones y salvaguardas de la civilización.
George Sylvester Viereck: ¿Usted siempre pone el énfasis sobre todo en el sexo?
S. Freud: Respondo con las palabras de su propio poeta, Walt Whitman: “Más todo faltaría si faltase el sexo” (Yet all were lacking, if sex were lacking). Mientras tanto, ya le expliqué que ahora pongo el énfasis casi igual en aquello que está “más allá” del placer -la muerte, la negociación de la vida-. ¡Este deseo explica por qué algunos hombres aman al dolor como un paso para el aniquilamiento! Explica por qué los poetas agradecen a «los dioses»:
From too much love of living from hope and fear set free, we thank with brief thanksgiving whatever gods may be that no life lives for ever; that dead men rise up never; that even the weariest river winds somewhere safe to sea*
Por excesivo amor a la vida, por la esperanza y el temor liberados, brevemente agradecemos a los dioses, sin importar quiénes sean, que la vida no sea eterna, que nunca los muertos se levanten, que hasta el río más perezoso llegue en sus giros al reposo del mar.
*»The garden of Proserpine» – Poema de Algernon Charles Swinburne
George Sylvester Viereck: Shaw, como usted, no desea vivir para siempre, pero a diferencia de usted, él considera al sexo carente de interés.
S. Freud: (Sonriendo) Shaw no comprende el sexo. Él no tiene ni la más remota concepción del amor. No hay un verdadero caso amoroso en ninguna de sus piezas. Él hace humoradas del amor de Julio César -tal vez la mayor pasión de la historia-. Deliberadamente, tal vez maliciosamente, despoja a Cleopatra de toda grandeza, relegándola a una simple e insignificante muchacha. La razón para la extraña actitud de Shaw frente al amor, por su negación del móvil de todas las cosas humanas que emanan de sus piezas, el clamor universal, a pesar de su enorme alcance intelectual, es inherente a su psicología. En uno de sus prefacios, él mismo enfatiza el rasgo ascético de su temperamento. Yo puedo estar errado en muchas cosas, pero estoy seguro de que no erré al enfatizar la importancia del instinto sexual. Por ser tan fuerte, choca siempre con las convenciones y salvaguardas de la civilización. La humanidad, en una especie de autodefensa, procura su propia importancia. Si usted raspa a un ruso, dice el proverbio, aparece el tártaro sobre la piel. Analice cualquier emoción humana, no importa cuán distante esté de la esfera de la sexualidad, usted encontrará ese impulso primordial al cual la propia vida debe su perpetuidad.
George Sylvester Viereck: Usted, sin duda, fue bien seguido al transmitir ese punto de vista a los escritores modernos. El psicoanálisis dio nuevas intensidades a la literatura.
S. Freud: También recibí mucho de la literatura y la filosofía. Nietzsche fue uno de los primeros psicoanalistas. Es sorprendente ver hasta qué punto su intuición preanuncia las novedades descubiertas. Ninguno se percató más profundamente de los motivos duales de la conducta humana, y de la insistencia del principio del placer en predominar indefinidamente que él. En Zaratustra dice: “El dolor grita: ¡Va! Pero el placer quiere eternidad Pura, profundamente eternidad”. El psicoanálisis puede ser menos discutido en Austria y en Alemania que en los Estados Unidos, su influencia en la literatura es, por lo tanto, inmensa. Thomas Mann y Hugo Von Hofmannsthak mucho nos deben a nosotros. Schnitzler recorre un sendero que es, en gran medida, paralela a mi propio desarrollo. El expresa poéticamente lo que yo intento comunicar científicamente. Pero el Dr. Schnitzle no es sólo un poeta, es también un científico.
George Sylvester Viereck: Usted no sólo es un científico, también es un poeta. La literatura americana está impregnada de psicoanálisis. Hupert Hughes, Harvrey O’Higgins y otros, son sus intérpretes. Es casi imposible abrir una nueva novela sin encontrar alguna referencia al psicoanálisis. Entre los dramaturgos Eugene O’Neill y Sydney Howard tienen una gran deuda con usted. “The Silver Cord” por ejemplo, es simplemente una dramatización del complejo de Edipo.
Es posible que la muerte en sí no sea una necesidad biológica. Tal vez morimos porque deseamos morir
Es posible que la muerte en sí no sea una necesidad biológica. Tal vez morimos porque deseamos morir
S. Freud: Yo sé y entiendo el cumplido que hay en esa afirmación. Pero, tengo cierta desconfianza de mi popularidad en los Estados Unidos. El interés americano por el psicoanálisis no se profundiza. La popularización lo lleva a la aceptación sin que se lo estudie seriamente. Las personas apenas repiten las frases que aprenden en el teatro o en las revistas. Creen comprender algo del psicoanálisis porque juegan con su argot. Yo prefiero la ocupación intensa con el psicoanálisis, tal como ocurre en los centros europeos, aunque Estados Unidos fue el primer país en reconocerme oficialmente.
La «Clark University» me concedió un diploma honorario cuando yo siempre fui ignorado en Europa. Mientras tanto, Estados Unidos hace pocas contribuciones originales al psicoanálisis.
Los americanos son jugadores inteligentes, raramente pensadores creativos. Los médicos en los Estados Unidos, y ocasionalmente también en Europa, tratan de monopolizar para sí al psicoanálisis. Pero sería un peligro para el psicoanálisis dejarlo exclusivamente en manos de los médicos, pues una formación estrictamente médica es, con frecuencia, un impedimento para el psicoanálisis. Es siempre un impedimento cuando ciertas concepciones científicas tradicionales están arraigadas en el cerebro.
…
¡Freud tiene que decir la verdad a cualquier precio!. El no puede obligarse a sí mismo a agradar a Estados Unidos -donde están la mayoría de sus seguidores-.
A pesar de su rudeza, Freud es la urbanidad en persona. Él oye pacientemente cada intervención, procurando nunca intimidar al entrevistador. ¡Raro es el visitante que se aleja de su presencia sin un presente, alguna señal de hospitalidad!
Había oscurecido. Era tiempo de tomar el tren de vuelta a la ciudad que una vez cobijara el esplendor imperial de los Habsburgos. Acompañado de su esposa y de su hija, Freud desciende los escalones que lo alejan de su refugio en la montaña a la calle para verme partir. Me pareció verlo cansado y triste al darme el adiós.
“No me haga parecer un pesimista”, dice Freud después de un apretón de manos. «Yo no tengo desprecio por el mundo»
“No me haga parecer un pesimista”, dice Freud después de un apretón de manos. «Yo no tengo desprecio por el mundo».
George Sylvester Viereck: Expresar desdén por el mundo es apenas otra forma de cortejarlo, de ganar audiencia y aplauso.
S. Freud: ¡No, yo no soy un pesimista, en tanto tenga a mis hijos, mi mujer y mis flores! No soy infeliz, al menos no más infeliz que otros.
…
El silbato de mi tren sonó en la noche. El automóvil me condujo rápidamente hacia la estación. Apenas logré ver, ligeramente encorvado, la cabeza grisácea de Sigmund Freud desapareciendo en la distancia…
#creemosenelasombro
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