Ahora acabados nos sentamos las noches y hacemos las cuentas y siempre salimos perdiendo (aunque aún no sepamos dónde debería estar la ganancia) y sin embargo hallamos los golpes parciales sobre todo eso: interminable en nosotros la última herida.
Los perdidos (Fragmento) – Thanasis Kostavaras
La carne, el pelo y las uñas -también los trapos viejos- son el resumen, la crónica anticipada de todos nuestros desastres.
Nosotros, accidente sin remedio, vinimos a este mundo a traficar con la miseria…
Eso a lo que llamas “cuerpo” no es más que una derrota que ya traías marcada en la frente desde el nacimiento.
Te irán a sepultar un domingo por la tarde. Los que te conocieron y nunca te amaron. Y también la indiferencia infantil de los pájaros.
Dejarás tus hijos al cuidado del tiempo. Y a ellos -al cabo de los días- también les va a valer madres tu recuerdo.
Morir es retirarse, hacerse a un lado, ocultarse un momento, estarse quieto, pasar el aire de una orilla a nado y estar en todas partes en secreto
Algo sobre la muerte del Mayor Sabines XII (Fragmento) – Jaime Sabines
Esa miseria a la que llamas “cuerpo” no es más que el círculo vicioso de la muerte. Monumento itinerante que se repite diariamente en las canecas de las peluquerías.
Las alcantarillas y los desagües llevan nuestro nombre mejor que las iglesias.
Porque a todas partes llevamos a cuestas el desastre…
Sarah Sitkin, artista y escultora radicada en Los Ángeles, relata con crudeza la grieta fundamental que nos compone. La perturbadora visión del «rigor mortis» exaltada hasta el punto de lo siniestro.
Como en una pesadilla sus cuerpos se deshacen, se agrietan y se parten hasta una multiplicidad aberrante.
No hay un solo rostro que no sea otro rostro.
En su obra no hay una mano -un ojo- Los hay en todas partes. Repitiéndose, reproduciéndose como un virus.
Tal vez lo más importante en la obra de Sarah Sitkin sea su relación con el cuerpo como verdugo final del deseo.
Porque allí donde crece la vida se multiplica también (en secreto) toda la muerte…
Porque a veces en los malos sueños los cuerpos andan descubiertos. Y uno recoge sus propias entrañas en un balde de cristal para llevarlas a enterrar al cementerio.
Somos el cuerpo-herida que paseamos sin saberlo. El cuerpo-anarquía que nos mina desde adentro…
Las esculturas de Sarah Sitkin nos revelan precisamente ese otro-cuerpo del que no sabemos nada. El cuerpo-enemigo, el cuerpo-equizo al margen de nosotros mismos.
#creemosenelasombro
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NOTA: “Bifrontal Editores” no es dueña de las imágenes aquí mostradas. Éstas sólo se usan con fines informativos para nuestra revista digital (revistabifrontal.com). Los créditos respectivos son debidamente anotados con el nombre del autor o autores, propietarios de todos los derechos.
Es el cuerpo el que acaba siempre por rebelarse. Escapando a las míseras restricciones, a todas aquellas prohibiciones que buscan extinguir -o por lo menos difuminar- las exigencias de los impulsos.
Sin embargo, existe también una especie de placer torcido -una forma de la perversión, incluso- en jugar a la prohibición como tentación.
Lo que resulta de todo esto no es más que un juego del gato y el ratón. Exigir una frontera que a fin de cuentas será traspasada, explícita o solapadamente, por los entusiastas de la transgresión. Por todos aquellos que se han visto volcados a convertir el deseo en un “artefacto” monstruoso. Ya sea como objeción ante los moralismos, o incluso como satisfacción orgásmica ante la oportunidad de rozar lo obsceno sin apenas tocarlo. Ese juego de tentar el castigo rayando solapadamente lo prohibido…
Así, no es “perverso” precisamente el transgresor. Todo lo contrario, es “perverso” aquél que busca la imposición de la censura. Quien inconforme y molesto con su propia naturaleza, busca destajar el deseo del otro castrando su natural impulso por la búsqueda del placer.
La naturaleza del placer convertida en “búsqueda malsana” produce monstruos…
La censura y la prohibición, incluso la modulación del placer por parte de poderes omnívoros (estado o clero) encuentra como respuesta efectiva fenómenos transgresores cada vez más incisivos, y sin embargo, igualmente redituables.
En Japón, por ejemplo, la Eirin (una de las instituciones encargadas de censurar producciones gráficas, televisivas y cinematográficas frente a la exposición de los genitales humanos) cobraba a principios del año 2000 unos 100 yenes por metro de cinta fílmica revisada, lo cual se traduce en unos 246.000 yenes por una película de duración media. ¡Todo un negocio!
No hace falta buscar mucho para darse cuenta de que cualquier ejercicio de poder requiere siempre un ejercicio de control: Lo que se puede decir; lo que se puede pensar; lo que se puede hacer y sobre todo, lo que es lícito desear…
Controlar el deseo a través del tabú: Prohibida la disidencia, prohibido el consumo de sustancias psicoactivas, prohibido la búsqueda del placer a través del cuerpo -y así sucesivamente- como una manera de imponer una agenda gubernamental o religiosa.
La uniformidad del pensamiento o la uniformidad de lo permitido hace más fácil encontrar y procesar a quien disiente, al “monstruo” que atenta contra las buenas costumbres o la moral pública y al mismo tiempo, convertirlo en figura ejemplarizante para todo aquél que intente seguirlo.
Los beneficiarios del tabú se complacen en dictar los límites, y cuando nuestro cuerpo no aguanta más y busca entonces bordear fronteras, nuestro deseo nos hace réprobos ante sus ojos; se hace “fetiche” ante la mirada atónita de aquellos puritanos de salón.
Daikichi Amano representa magníficamente la figura del contestatario, el rebelde que busca modelar el erotismo rayando de manera sublime y grotesca lo prohibido (prohibido sobre todo dentro de la cultura japonesa) tomando provecho de la genialidad de algunos directores y productores de cine nipón quienes, ante la prohibición de mostrar de manera explícita los genitales humanos, comenzaron a utilizar prótesis sintéticas, o simplemente, a reemplazarlas por prótesis animales (pulpos particularmente) recordando así la famosa xilografía erótica “El sueño de la esposa del pescador” (“Los pulpos y la buceadora”) de Katsushika Hokusai.
Esperamos que disfrutes (tanto como nosotros) esta “horrorosa” cara de la belleza…
Si te interesa conocer más acerca de la censura en Japón te recomendamos este artículo.
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La muerte es misericordiosa, ya que de ella no hay retorno; pero para aquel que regresa de las cámaras más profundas de la noche, extraviado y consciente, no vuelve a haber paz
H. P. Lovecraft
Desde este lado de la vida la noche misma, contrario a lo que representa para los habituales de la luz y la alegría, es el lugar predilecto de lo que ignoramos; y también de lo que tememos.
La noche es un sótano cósmico en el que se diluyen la sombra y la pesadilla.
Suele ser muy tarde ya cuando comprendemos que el peligro no es la soledad, sino precisamente todo lo contrario.
Detrás de toda puerta se oculta -en la noche- la presencia de lo incomprensible: Esa astilla en los ojos
de la lógica.
Allá donde no llegan las luces de la razón se alcanza a escuchar a veces el susurro; el viento frío, las puertas que se abren (o se cierran) inesperadamente. La molesta risa de un pasado que sólo está muerto en apariencia.
Daniel Danger, artista, ilustrador y grabador de Nueva Inglaterra, es el artífice de esta maravillosa aproximación a lo oscuro.
Su técnica preciosista nos entrega abismales detalles de la noche. Sutileza sin monstruosidad. Sólo presencias que se intuyen y ausencias que se sienten muy cerca.
En sus impresionantes grabados la oscuridad recupera nuevamente el temor reverencial que le profesaban los antiguos.
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Humanos que exhiben -mitad con orgullo, mitad con risible ignorancia- no exactamente lo peor de sí; sino (y esto es lo más aterrador) su único y verdadero rostro: la violencia injustificada (pero tremendamente satisfactoria) contra el otro indefenso. Contra el otro inferior. Contra el otro que no es otro sino basura a la que se debe disponer en el lugar adecuado y de la forma adecuada.
El otro sin nombre, ni apellido, ni historia, ni amores.
Sin circunstancias ni atenuantes.
El otro del que no se sabe nada pero se asume todo: enemigo.
Nosotros, los que sobrevivimos a los campos no somos testigos verdaderos. Nosotros somos los que, a través de la prevaricación, la habilidad o la suerte, nunca tocamos fondo. Los que estuvieron y vieron el rostro de la Gorgona, no regresaron, o regresaron sin palabras
Primo Levi
Los verdugos no son monstruos, ni animales, ni fuerzas demoníacas.
Todo monstruo y fuerza demoníaca tiene un origen muy concreto, por fuera del imaginario, el mito o la leyenda.
Monstruos y demonios son sólo el resultado de una estetización de la común insatisfacción del hombre contra la represión moral, política, social y religiosa de su propia naturaleza, de su patetismo básico.
No son monstruosas las tormentas, los huracanes ni los terremotos. Sus efectos son devastadores pero absolutamente inmotivados. No hay ningún plan o consideración detrás de una catástrofe natural. Suceden por la simple e indiferente casualidad de las circunstancias…
No hay en la naturaleza ningún reflejo de la maldad.
¿El mal? ¿El torturador que se ensaña contra la humanidad de sus semejantes? ¿El asesino que se complace en el apetito de la sangre derramada? ¿El funcionario que roba oportunidades y regala miserias? ¿El empresario que manipula la ley para evadir impuestos? ¿El religioso que -amparado en su dignidad- desborda sus apetitos sobre los inocentes? ¿El ejecutivo farmacéutico que no quiere curar nada? ¿El banquero que ve aumentar sus dividendos mientras un cualquiera «sin nombre» pierde su casa?
Ese es el mal. Un mal sordo, ciego y abusivo. La siniestra rebelión de los instintos contra la mordaza de la «civilización»…
La monstruosa normalidad del fanático que -ciego y miserable- no puede verse a sí mismo reflejado en ese otro al que le niega todo.
La maldad va mucho más allá de una simple legislación criminal.
El mal es otra piel…
Juha Arvid Helminen, fotógrafo finés nacido en 1977 en Helsinki, nos trae esta impresionante serie titulada «El Imperio Invisible».
Una suerte de exorcismo visual a través del cual el totalitarismo y el fanatismo quedan retratados con la crudeza de un horror anónimo, sin rostro. Una pesadilla que -como aquella serpiente que se muerde la cola- figura un eterno retorno (inevitable) de los mismos horrores: Cada vez más sutiles. Mejor preparados. Más incisivos. Igualmente fríos…
Juha Arvid nos cuenta -en su sitio web- de dónde provino exactamente la inspiración para el desarrollo de su proyecto «El Imperio Invisible»:
En 2006 fui testigo de la llamada «manifestación» Smash ASEM (*). Allí vi en persona el lado oscuro de la policía finesa. Cómo hombres jóvenes escondidos bajo sus uniformes y capuchas, anónimamente, cometían actos de malas conductas. Más tarde fui testigo de la resistencia del sistema de justicia a castigar a los uniformados. Los uniformes crean unidad y a través de ella podemos separar a un soldado de un civil. A veces nos escondemos en ellos cuando hacemos algo realmente malo. Vestimos ropas que tienen que ver con la religión, la profesión, el pensamiento político y la tradición para comunicar y representar autoridad. Dónde pertenecemos y cómo vemos el mundo. A menudo esto oculta nuestra verdadera persona, y crea muros entre nosotros mismos y la gente que conocemos. Los personajes de mis obras son prisioneros de esas tradiciones y muros que hemos creado para nosotros mismos. ¿Cuán cerca estamos nosotros, los espectadores, a esos personajes a los cuales mucho de su personalidad les ha sido arrebatado?
#creemosenelasombro
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Puedes ver más de la obra de Juha Arvid en su sitio web (aquí).
También puedes visitar la revista que dirige (aquí) o seguirlo en Facebook (aquí)
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La voz ha tomado más cuerpo…¡Ha tomado más de tu cuerpo!
Se quedó a dormir -«¿Acaso duerme?»- en los pliegues de tu barriga.
Una mañana despiertas. Ha tomado tu ombligo. Y tiene rostro ahora. Se desplaza. Sube por las costillas y se sienta a mirarte al espejo mientras te lavas los dientes…
Y no para de hablar.
Cada vez resulta más difícil escucharte a ti mismo. La negación de su presencia -que ya no se puede disimular- es impensable.
Algunos días te deja heridas. Te marca -como una res-. Colonizándote:
Mattis Dovier, dieñador gráfico, ilustrador y animador de origen francés, nos trae esta inquietante pieza visual. Un breve y siniestro viaje al interior que nos acerca de manera gráfica al mecanismo, al funcionamiento mismo de la psicosis como desencadenamiento, escisión y disolución de la personalidad.
«Inside», una impresionante novela gráfica en 8-bits realizada como comisión para «Channel 4. Random Acts».
La traducción al español fue un magnífico aporte de «La Horca«.
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Tienes la cara del que acepta lo que ve porque está esperando despertar
The Matrix
Se trata, sobre todo, de una obsesión personal por las geografías perdidas y remotas.
Es también -después de todo- una manera de estar solo…
Quienes lo han probado alguna vez; aquellos que no han salido corriendo -espantados ante la perspectiva de saberse solos- han experimentado el inmenso placer que significa “perder los rumbos tradicionales” y entregarse por completo al sentimiento de percibirse extranjero.
Es algo muy cercano a un “orgasmo de libertad”, por así decirlo….
Quien se ha cansado alguna vez de sí mismo sabe también lo liberador que puede llegar a ser eso de “perder la identidad”. Dejar atrás el nombre, la historia, los lazos y las fronteras.
Hacerse nómada y trazar en sí mismo una línea de fuga donde, incluso, la misma noción del “sí mismo” no parece más que un sueño distante. En todos los tiempos y en todos los espacios.
De lo que se trata realmente es de percatarse que el “Arte” no existe…
Ahora, lo importante para este caso no tendría por qué ser si debe permitírsele o no la entrada al “Glitch” dentro de las fronteras del “Arte”. Sobre todo cuando la misma noción de lo que se entiende por “Arte” puede remitir solamente a un cascarón vacío de sentido…
Sería sencillo realizar una consulta popular, una especie de “plebiscito democrático” en el cual fuera posible poner a una cantidad x de personas frente a un grupo tremendamente variado de producciones (“artísticas”, accidentales, finamente elaboradas o simplemente artesanales) para que cada una realizara una lista en la que pudiera definir si lo que tiene al frente es o no es un producto “digno” de llamarse “artístico”; suficientemente “digno” como para ser exhibido en galerías y museos. Suficientemente “digno” para ser subastado, adquirido y revendido cuando su precio sea ya exorbitante.
Podría objetarse entonces que para realizar semejante consulta haría falta un público mucho más especializado. Críticos de arte, curadores, diseñadores, arquitectos, artistas y coleccionistas tendrían que hacer parte del plebiscito por el arte y entregar entonces un criterio final que, casi con plena seguridad, sería similar -con mucho- al veredicto que podrían entregar los “legos” de la materia.
Con esto no trato de implicar que el “saber” y la “ignorancia” sean equivalentes. Tampoco quiero decir, ni mucho menos, que “toda opinión vale lo mismo”, tanto si se trata de la opinión de un especialista como si se trata de la de una persona que desconoce la materia en cuestión.
De lo que se trata realmente es de percatarse que el “Arte” no existe…
Lo que se entiende por “Arte” puede remitir solamente a un cascarón vacío de sentido…
Lo que se entiende por “Arte” puede remitir solamente a un cascarón vacío de sentido…
Existen “producciones plásticas creativas” a las que -casualmente- tratamos de encerrar dentro de los límites de un concepto que ha hecho aguas. Un concepto que sólo sirve bajo una lógica -demente- por clasificar, por reducir un fenómeno a la mínima expresión de su nombre.
Un concepto-etiqueta que no designa ya nada porque lo que se produce bajo ese nombre no cabe ya dentro de los márgenes preestablecidos.
No hay una “Muerte del Arte” como declaración apocalíptica. Existe más bien un concepto obsoleto dentro del cual no cabe ya el proceso creativo sino, simple y llanamente, el temor reverencial por lo que se vende, se usufructúa o se conserva en museos, galerías y oficinas de coleccionistas privados.
Por supuesto, la diferencia abismal entre el concepto y el fenómeno se evidencia aquí notablemente.
Si el concepto “Arte” es obsoleto no lo es precisamente porque el fenómeno de “lo artístico” -la creación plástica- haya desaparecido.
Así, el “Glitch” no es “Arte”…
“Glitch” no corresponde a la misma clasificación, a la misma categoría escolar en la que encerramos a Rembrandt o a Renoir.
“Glitch” es un terreno confuso y hasta “incomprensible” porque propone, como imagen de lo creativo, disposiciones que no corresponden en lo más mínimo a lo que sabemos de la Historia del Arte.
Y es ahí, tal vez, donde recae la gran confusión y el inconveniente que el “Glitch” nos presenta: Si existe aún lo artístico, debe existir completamente desligado de la Historia del Arte.
Lo artístico -como fenómeno- no se puede confundir con la historiografía del arte -como concepto-.
Sería casi como pensar que se hace Filosofía simple y llanamente por conocer la Historia de la Filosofía.
Hay una brecha muy amplia entre conocer la historia de los conceptos y, de hecho, producir conceptos. Así como existe un abismo considerable entre conocer la Historia del Arte y producirlo…
“Glitch” representa, como lo dije en un principio, una obsesión personal por las geografías perdidas y remotas. Una manera de estar solo. Una forma de ser conmovido e interrogado por un producto creativo.
Porque de eso tiene que tratarse precisamente el fenómeno de lo artístico. De producir una obra que mueva, que interrogue los breves cimientos sobre los cuales se fundamenta nuestra existencia prosaica, común y rutinaria.
Lo que necesitamos es arte que nos golpee como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos. Arte que nos haga sentir desterrados a los bosques más remotos, lejos de toda presencia humana, algo semejante al suicidio. Una obra de arte debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros.
Lo que necesitamos es arte que nos golpee como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos. Arte que nos haga sentir desterrados a los bosques más remotos, lejos de toda presencia humana, algo semejante al suicidio. Una obra de arte debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros.
Paráfrasis de un texto original de Kafka
El formato en el que se nos presente un producto artístico no tiene nada que ver con su capacidad para obligarnos a mirar con otros ojos -desde otra perspectiva- la tranquila superficie de nuestras vidas.
Podría ser un óleo maravilloso o simple y llanamente un graffitti callejero. Podría ser también un formato digital el que se rebele contra nuestros estándares y nos provoque entonces una inquietud casi “malsana” y obsesiva. Una necesidad por saber, por conocer, por darle un sentido…
“Glitch” representa y formula la grieta en nuestros conceptos. La pone en evidencia. Produce piezas digitales que son, también, como un interrogante: “¿Crees que es aire lo que estás respirando ahora?”
NOTA: “Bifrontal Editores” no es dueña de las imágenes aquí mostradas. Éstas sólo se usan con fines informativos para nuestra revista digital (revistabifrontal.com). Los créditos respectivos son debidamente anotados con el nombre del autor o autores, propietarios de todos los derechos.