¡Apagad las luces y dejad que la noche amanezca en vuestro corazón!
Friedrich Nietzsche
Eventualmente no habrá nada delante de nuestros ojos.
Tal vez no estarán ya nuestros ojos. Y tampoco seremos nosotros.
Fue durante el sueño de las luces cuando todo comenzó. Pero ninguna promesa considera nunca el costo de las consecuencias, y el sueño de la razón jamás creyó siquiera que la promesa de un progreso incalculable podría hacerse realidad.
En los vertederos de la civilización es precisamente donde hay que poner los ojos. Mirar con atención y subrayar todo aquello que alguna vez llamamos “progreso”, pues nos ha abandonado a la mezquina suerte de una realidad salvaje donde las dinámicas económicas prevalecen incluso sobre la más elemental noción de bienestar y equilibrio.
Y sin embargo, la ruina que ya somos tiene poco o nada que ver con aquella versión del progreso fruto de la revolución industrial.
El trasfondo de la industrialización está más cercano a las dinámicas incontrolables de la economía que a la lógica o a la ingeniería.
La oferta y la demanda, así como todos los procesos artificiales que las rodean, han incrementado sus propios límites mucho más allá de cualquier punto de equilibro.
De las luces de la razón y el progreso no han quedado más que sombras: Nosotros.
Esto que llamamos civilización no es más que el prólogo a una caída inevitable…
En palabras de Julien Mauve (Fotógrafo francés creador de esta serie de fotografías) el proyecto “What´s left of Utopia”
Reconoce un paisaje empobrecido así como la pérdida del espacio debido a la inhumanidad de las estructuras que elegimos construir.
En esta mezcla de dolor y esperanza, los personajes parecen a punto de desaparecer dentro de la niebla que envuelve esas utopías urbanas, consideradas en el momento de la construcción como símbolos del progreso.
Testigos desencarnados, se convierten en actores de una obra cuyo final es incierto.
¿Te gustó su trabajo? Puedes ver mucho más en su página web AQUÍ.
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NOTA: “Revista Bifrontal” no es dueña de las imágenes aquí mostradas. Éstas sólo se usan con fines informativos. Los créditos respectivos son enlazados a los sitios web del autor o autores propietarios de las mismas.
Me preocupa mucho la conservación del ecosistema y el uso que hacemos del territorio. Sin duda esto está muy presente en mi trabajo. A veces disfruto presentando a la naturaleza como ganadora, aunque sea una ilusión: no vamos a parar hasta destruirlo todo.
Me preocupa mucho la conservación del ecosistema y el uso que hacemos del territorio. Sin duda esto está muy presente en mi trabajo. A veces disfruto presentando a la naturaleza como ganadora, aunque sea una ilusión: no vamos a parar hasta destruirlo todo.
Álvaro Sánchez-Montañés
Recordemos un poco la triste distopía que nos trae Ray Bradbury en «Vendrán lluvias suaves» (relato publicado por primera vez en «Crónicas marcianas»)
No es una anécdota muy conocida. Pero alguna vez tuvimos en nuestras manos un ejemplar, una antología de ciencia ficción en la que -a manera de prólogo del relato- se narraba la historia que había dado origen al mismo.
Se decía que el propio Bradbury -tal vez fue alguien más y esa persona le remitió la anécdota- había visitado Hiroshima o Nagasaki años después del holocausto atómico.
Decía también que entre los escombros de lo que antes fue una casa, se levantaba una pared en la cual podían distinguirse claramente tres siluetas, casi dibujadas al carboncillo: Un niño, una niña y un «balón» entre ellos.
No era más que el rastro, la sombra de un crimen horrendo dejando su propio testimonio grabado sobre el muro.
El estallido inmortalizaría tres siluetas y daría luego a Bradbury un motivo para componer su relato. Eso, y el poema de Sara Teasdale que lleva el mismo nombre.
Nosotros (aquí en Revista Bifrontal) ciertamente «padecemos» una extraña obsesión por los paisajes desiertos. Las ruinas no dejan de llamarnos, de «seducirnos» desde los rincones más extraños.
Padecemos una extraña fiebre por lo recóndito, por la belleza más extraña e «imperfecta».
«Cuando ya no estés», impresionante y hermoso proyecto fotográfico de Álvaro Sánchez-Montañés. Un «viejo conocido» cuyo trabajo ya hemos reseñado en otra ocasión y quien vuelve ahora a entregarnos esa misteriosa belleza de la ruina. De lo que alguna vez tuvo una historia.
Lugares que importaron y significaron tanto como para ser construidos; los mismos sitios que, ya más tarde -decepcionados y arruinados sus viejos pobladores- murieron de abandono…
Tal vez sea cierto el viejo refrán que reza: «Ojos que no ven, corazón que no siente».
Supongo que nunca he querido que la fotografía sea la que pague mis facturas. En cualquier caso me considero ingeniero cuarenta horas a la semana….fotógrafo el cien por ciento de mi tiempo.
Supongo que nunca he querido que la fotografía sea la que pague mis facturas. En cualquier caso me considero ingeniero cuarenta horas a la semana….fotógrafo el cien por ciento de mi tiempo.
Álvaro Sánchez-Montañés
Álvaro parece haberse propuesto dejarnos ver. Que nuestros ojos conozcan -de antemano- nuestra propia ruina. La profecía de un mundo que al que ya después no tendremos ocasión de admirar, ni mucho menos de disfrutar. Un mundo al que sólo hemos convertido en un vertedero inhabitable, plagado de hierro y hormigón bajo la consigna del «profit».
«Cuando ya no estés», hermoso registro de la huella humana. Testimonio de nuestra condena irremediable al olvido. A los estragos del tiempo que es, también en sí mismo, un desastre por venir…
#creemosenelasombro
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Visita el sitio web de Álvaro Sánchez-Montañés Aquí
NOTA: “Bifrontal Editores” no es dueña de las imágenes aquí mostradas. Éstas sólo se usan con fines informativos para nuestra revista digital (revistabifrontal.com). Los créditos respectivos son debidamente anotados con el nombre del autor o autores, propietarios de todos los derechos.
Hoy los alemanes han invadido Polonia; por la tarde he ido a la piscina.
Franz Kafka
El cine -sobre todo el cine- y algún que otro diario o noticiero -incluso también algunos documentales- nos han traído la imagen de Europa del Este. Una mole de concreto gris, plana, absolutamente fría y aparentemente en ruinas…
Parece -a veces- que se hubiera quedado dormida tras la cortina de hierro. Rumiando los años gloriosos del viejo comunismo soviético.
Parece – a veces- como si Chernobyl se hubiera repetido incesantemente a lo largo de todo ese territorio, cubriéndolo todo con un manto de nostalgia y desastre…
Sin embargo, no se puede negar su encanto. Extranjero e incomprensible, en algún momento de nuestras vidas hemos soñado siquiera una vez con ver de cerca, vivir -así sea de segunda mano- la experiencia de esas vidas lejanas y desconocidas.
«La vida de los otros»… Aquellos quienes seguramente sueñan con paraísos tropicales. Con arenas blancas, mojitos, palmeras y aguas cristalinas…
Si, la vida de los otros son como sus fotografías… La vida que a nosotros no nos ha tocado en suertes es exactamente la misma que nosotros deseamos. La vida extranjera. Esa que no es la nuestra. La rutinaria. La que ya nos sabemos de memoria y vivimos -a veces- con un cierto dejo de resignación…
Sin embargo, Europa del Este es también el vestigio, la memoria de un totalitarismo siniestro -como todos- que dejó generaciones enteras sumidas en la pobreza, el abandono, y una total carencia de identidad nacional.
Europa del Este es también una herida en la memoria de quienes tuvieron y tienen aún hoy que padecerla…
«Zupagrafika», es un estudio de diseño conformado por David Navarro y Martyna Sobecka, ambos apasionados por la Escuela Polaca de Diseño.
El enfoque de sus diseños y sus producciones artísticas están fundamentados sobre todo en el «Brutalismo» arquitectónico, así como en el diseño industrial polaco. Y de esta pasión nacieron, entre otros, proyectos como «Blokoshka».
«Blokoshka» surge como un afán por resguardar la memoria histórico-arquitectónica polaca tras la caída de la cortina de hierro. Un intento por preservar edificaciones construidas en masa tras la urgente necesidad de recomponer los estragos que había dejado la Segunda Guerra.
Estructuras de bajo costo, eficientes y destinadas a ofrecer una solución de vivienda para una cantidad considerable de familias que, posiblemente, lo habían perdido todo bajo el fuego de los bombardeos y las balas.
Las cuatro unidades representan cuatro tipos de edificaciones en cuatro lugares diferentes: Los «Distritos de sueño» de Moscú, las «Construcciones Plattenbau» en Berlín Oriental, los polígonos «Cubre-ruinas» de Varsovia y Moscú, así como los «Bloques Panelák» de Praga.
Las piezas son fabricadas en láminas de cartón, listas para ser doblado sin necesidad de pegamento, tijeras u otras herramientas. Cada estructura resultante encaja perfectamente en la siguiente, por lo que «el set» se puede implementar perfectamente en distritos, o combinarlos armoniosamente en estanterías, escritorios o bibliotecas personales.
#creemosenelasombro
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Puedes ver más información sobre este proyecto aquí
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Por eso no existe ninguna contradicción entre el nuevo período de éxito de la temática ética y la lógica posmoralista, ética elegida que no ordena ningún sacrificio mayor, ningún arrancarse de sí mismo.No hay recomposición del deber heroico, sólo reconciliación del corazón y de la fiesta, de la virtud y el interés, de los imperativos del futuro y de la calidad de vida en el presente.
Gilles Lipovetsky – El crepúsculo del deber
Lo arquitectónico no es sólo belleza y majestad.
No se trata únicamente de simples «adornos verticales» donde asentar a la humanidad, ni mucho menos de espacios acomodaticios financiados por las maquinarias del poder en turno. Tampoco se trata -en exclusiva- del factor habitacional, logístico o urbano.
Lo arquitectónico es forma, función, continente y contenido; signo, significante y significado…
Y así como cualquier otra manifestación de las artes plásticas, la arquitectura es también una forma de la resistencia.
No hace falta brindar demasiada evidencia para darnos cuenta de que esto que llamamos mundo, -este breve hogar planetario- hace rato ya que cruzó los límites de lo salvable.
No hace falta brindar demasiada evidencia para darnos cuenta de que esto que llamamos mundo, -este breve hogar planetario- hace rato ya que cruzó los límites de lo salvable.
El aumento de la temperatura terrestre, las sequías cada vez más prolongadas, o las montañas de plástico atrofiando cualquier posibilidad de vida marina no hacen más que incrementar fatalmente la sumatoria de todos los desastres.
En algún momento, ciertamente, volteamos la mirada hacia la «ola verde» con un cierto grado de sarcasmo… ¿Qué nos importaba a nosotros la visión apocalíptica de esos mártires de la mercadotecnia ecológica?
¿El reciclaje? ¿Salvemos a los delfines? ¿El Amazonas en llamas?
Imaginamos alguna vez que todo ese asunto no era más que una jugada corporativa que sólo buscaba evadir impuestos a través del concepto de «responsabilidad social empresarial»…
La pregunta, no sin cierto grado de ironía, nos la devuelve el espejo miserable en que hemos convertido nuestro hogar: ¿Y ahora, quién podrá defendernos -de nosotros mismos-?
Es posible que el asunto de la conciencia planetaria, en el fondo, no fuera más que una estafa taquillera para acelerar el consumo de productos «eco-amigables». Si, eso no tendría nada de extraño. Así como no tiene nada de extraño que los tratamientos para el cáncer les resulten mucho más provechosos a las multinacionales farmacéuticas -desde el punto de vista financiero- que encontrar alguna cura posible.
Pero la cuestión de fondo poco o nada tiene que ver con estas materias conspiranóicas. La cuestión fundamental es un interrogante ético y estético.
En algún momento de la historia la civilización occidental miró con gusto -y codicia- las monumentales obras del pensamiento positivo. Una mentalidad abrumadoramente optimista que creía ciegamente en el progreso de la razón, la técnica y los avances de la ciencia.
La historia del siglo XX representa a cabalidad el auge y la terrible y dolorosa caída del imperio de la razón. Ya en el amanecer del siglo XXI, abandonados los viejos ideales, contemplando el triste desierto en el que se ha convertido lo real, sólo nos queda tomar una última decisión: Abandonarnos al delirio apocalíptico de la decadencia, o simplemente asumir los costos de nuestras pésimas costumbres y modificarlas hasta el límite de lo posible.
Y entonces, más allá del arte (que resiste ante la maquinaria del poder) nos queda la arquitectura. Una forma de la creatividad obligada ahora por las circunstancias a proporcionarnos -paradójicamente de la mano de la ciencia y la técnica- un mundo parcialmente más habitable
Y entonces, más allá del arte (que resiste ante la maquinaria del poder) nos queda la arquitectura. Una forma de la creatividad obligada ahora por las circunstancias a proporcionarnos -paradójicamente de la mano de la ciencia y la técnica- un mundo parcialmente más habitable
¿Y qué es la cuestión ética más que una sumatoria de decisiones?
Ya por muchos años la humanidad se hizo esclava de su propia codicia. Generaciones enteras oprimidas por el nocivo peso de sus ideales nos han dejado por mundo un desierto tóxico en el que la vida es posible a duras penas.
Y entonces, más allá del arte (que resiste ante la maquinaria del poder) nos queda la arquitectura. Una forma de la creatividad obligada ahora por las circunstancias a proporcionarnos -paradójicamente de la mano de la ciencia y la técnica- un mundo parcialmente más habitable que éste al que el animal humano ha deteriorado hasta la saciedad.
Las visiones de Vincent Callebaut no pueden representar un mero entretenimiento estético ni mucho menos una simple y llana utopía visual.
De alguna forma, es aquí donde la arquitectura tiene que tender un puente entre las maquinarias del poder y aquello que se le resiste, lo que se opone a su manipulación. A su vigilancia, sus estándares y su normatividad coactiva.
Todos los mamíferos de este planeta desarrollan instintivamente un equilibrio con el hábitat que les rodea. Los humanos se trasladan a una zona y se multiplican. Y siguen multiplicándose hasta agotar todos los recursos naturales. El único modo de sobrevivir es mudarse a otra zona. Existe otro organismo en este planeta que sigue el mismo patrón ¿Sabe cuál es?Un virus.
Todos los mamíferos de este planeta desarrollan instintivamente un equilibrio con el hábitat que les rodea. Los humanos se trasladan a una zona y se multiplican. Y siguen multiplicándose hasta agotar todos los recursos naturales. El único modo de sobrevivir es mudarse a otra zona. Existe otro organismo en este planeta que sigue el mismo patrón ¿Sabe cuál es?Un virus.
Agente Smith – The Matrix
Si bien el poder no está localizado en una institución o estado, y en su lugar corresponde más bien a una sumatoria de fuerzas, la probable -e inminente- extinción de lo humano tiene que obligar, de un modo u otro, a que la decisión de moderar el daño que nuestra presencia le hace al planeta sea asumida -y corregida- lo más pronto posible.
Sus diseños son sólo un ejemplo -un impresionante ejemplo- de lo que la arquitectura y otras múltiples facetas de lo creativo han opuesto no sólo contra los peligrosos efectos del antropocentrismo, sino también contra las horribles dinámicas de un mercado global que sólo está considerando el factor económico como única posibilidad de desarrollo…
No se trata solamente de un «sarcasmo apocalíptico», hoy más que nunca resulta imperativo apropiarse y hacer eco de la frase pronunciada alguna vez por Lipovetsky: «El siglo XXI será ético, o no será».
#creemosenelasombro
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Visita el sitio web de Vincent Callebaut, y deja volar la imaginación con otros de sus proyectos.
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Visita el sitio web del fotógrafo Andrew Meredith AQUÍ
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Soy yo Altazor el doble de mí mismo. El que se mira obrar y se ríe del otro frente a frente. El que cayó de las alturas de su estrella y viajó veinticinco años colgado al paracaídas de sus propios prejuicios
Altazor (Fragmento) – Vicente Huidobro
Noemie Goudal representa un hallazgo maravilloso dentro de nuestros itinerarios oníricos.
Llegamos a sus «Observatoires» como se llega por primera vez a un territorio desconocido. Ese que sólo hemos logrado intuir en sueños.
No sabemos muy bien si se trata de lugares o simplemente «cosas» deseadas. Secretas y distantes. Imposibles…
Observar estos hallazgos es, de alguna forma, asistir a un recorrido por geografías que alguna vez añoramos pero dejamos arrumadas en el estéril sueño de lo real.
La fantasía es lo único que nos queda. Lo poco que nos salva de ser engullidos por el torpe vacío de lo cotidiano.
Los «Observatoires» de Noemie Goudal parecen un llamado, una invitación para jugar a ser otros. Para empezar de cero. Para imaginar, tal vez, que somos nosotros los extraños héroes de alguna fantasía urbana post-apocalíptica y distópica o los trágicos herederos de una de las pesadillas de Shakesperare.
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