En este punto ya no cuenta ninguna «incertidumbre intelectual»: ahora sabemos que no se nos quiere presentar el producto de la fantasía de un loco, tras el cual, desde nuestra superioridad racionalista, pudiéramos discernir el estado de cosas positivo; y sin embargo. . . Ese esclarecimiento en nada ha reducido la impresión de lo ominoso.
La angustia primitiva que viene -de algún modo- a jugar un rato con la poca sensatez que nos queda. Y lo que queda de nosotros es entonces el pobre espanto sin nombre. El ojo siniestro que nos observa sutilmente desde los rincones más oscuros de la memoria. Allá donde no queremos ir.
Pero es eso precisamente lo que vuelve; y ante lo cual no queda remedio sino espanto. El horror mudo de quien no puede nada contra los fantasmas de su pasado.
Lo siniestro, que no tiene nombre sino muecas de angustia. Lo que no tiene nombre sino gritos que nadie escucha…
No se puede obligar a una obra a decir lo que nunca ha dicho. Pero no se puede negar, sin embargo, que hay algo familiar -algo a lo que sin embargo queda muy difícil darle un nombre- en las maravillosas piezas de horror concebidas por el artista argentino Santiago Caruso.
Volvemos siempre -ya de noche- a contemplar con horror el abismo en el que se ha convertido un pasado que no se calla.
Lo que habita en ellas es el espanto. Lo que se reprime sin éxito porque no termina nunca de regresar. De modularnos desde nuestras más oscuras pesadillas su propio nombre, oscuro e indescifrable.
Santiago Caruso nos regala obras de un asombro y un horror absoluto. Cercanas -de algún modo- al trabajo de Francis Bacon, Giger y el propio Fuseli, sin caer en la repetición ni el cliché, toca las fibras de un horror que cargamos con nosotros, que llevaremos siempre en nuestros ojos hasta que venga por fin la Parca a cerrarlos definitivamente…
Lo innombrable. Lo siniestro. Lo ominoso. Eso que alguna vez el mismo Freud intentó descifrar…
Y es precisamente lo que vuelve. Lo que de día, a la luz de la razón, rechazamos por ponernos demasiado cerca del abismo incontrolable de la psicosis. De la locura. De lo azaroso e impredecible. La anarquía de un horror al que nuestra conciencia ha puesto a dormir en los desvanes, en los sótanos más oscuros de nuestro ser…
Y es eso lo que no deja de hacer un ruidito molesto, incómodo. Un murmullo sordo que, ya en las noches, vuelve a nosotros como un mar furioso a reclamar nuestra cordura.
La obra de Santiago Caruso es hermosa porque viene a darle nombre a nuestra cobardía…
Al triste miedo que nos hace esclavos de lo que ocultamos.
Lo que habita en ellas es el espanto. Lo que se reprime sin éxito porque no termina nunca de regresar. De modularnos desde nuestras más oscuras pesadillas su propio nombre, oscuro e indescifrable.
Lo que habita en ellas es el espanto. Lo que se reprime sin éxito porque no termina nunca de regresar. De modularnos desde nuestras más oscuras pesadillas su propio nombre, oscuro e indescifrable.
De aquellos secretos inconfesables que, a fuerza de mantenerse ocultos, han venido a desbordarse hasta las límites de una angustia incomprensible.
Si, nuestros fantasmas seguirán ahí, aullándonos sin pausa ni prisa hasta que algún día logremos -por fin- mirarlos a los ojos…
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Hoy los alemanes han invadido Polonia; por la tarde he ido a la piscina.
Franz Kafka
El cine -sobre todo el cine- y algún que otro diario o noticiero -incluso también algunos documentales- nos han traído la imagen de Europa del Este. Una mole de concreto gris, plana, absolutamente fría y aparentemente en ruinas…
Parece -a veces- que se hubiera quedado dormida tras la cortina de hierro. Rumiando los años gloriosos del viejo comunismo soviético.
Parece – a veces- como si Chernobyl se hubiera repetido incesantemente a lo largo de todo ese territorio, cubriéndolo todo con un manto de nostalgia y desastre…
Sin embargo, no se puede negar su encanto. Extranjero e incomprensible, en algún momento de nuestras vidas hemos soñado siquiera una vez con ver de cerca, vivir -así sea de segunda mano- la experiencia de esas vidas lejanas y desconocidas.
«La vida de los otros»… Aquellos quienes seguramente sueñan con paraísos tropicales. Con arenas blancas, mojitos, palmeras y aguas cristalinas…
Si, la vida de los otros son como sus fotografías… La vida que a nosotros no nos ha tocado en suertes es exactamente la misma que nosotros deseamos. La vida extranjera. Esa que no es la nuestra. La rutinaria. La que ya nos sabemos de memoria y vivimos -a veces- con un cierto dejo de resignación…
Sin embargo, Europa del Este es también el vestigio, la memoria de un totalitarismo siniestro -como todos- que dejó generaciones enteras sumidas en la pobreza, el abandono, y una total carencia de identidad nacional.
Europa del Este es también una herida en la memoria de quienes tuvieron y tienen aún hoy que padecerla…
«Zupagrafika», es un estudio de diseño conformado por David Navarro y Martyna Sobecka, ambos apasionados por la Escuela Polaca de Diseño.
El enfoque de sus diseños y sus producciones artísticas están fundamentados sobre todo en el «Brutalismo» arquitectónico, así como en el diseño industrial polaco. Y de esta pasión nacieron, entre otros, proyectos como «Blokoshka».
«Blokoshka» surge como un afán por resguardar la memoria histórico-arquitectónica polaca tras la caída de la cortina de hierro. Un intento por preservar edificaciones construidas en masa tras la urgente necesidad de recomponer los estragos que había dejado la Segunda Guerra.
Estructuras de bajo costo, eficientes y destinadas a ofrecer una solución de vivienda para una cantidad considerable de familias que, posiblemente, lo habían perdido todo bajo el fuego de los bombardeos y las balas.
Las cuatro unidades representan cuatro tipos de edificaciones en cuatro lugares diferentes: Los «Distritos de sueño» de Moscú, las «Construcciones Plattenbau» en Berlín Oriental, los polígonos «Cubre-ruinas» de Varsovia y Moscú, así como los «Bloques Panelák» de Praga.
Las piezas son fabricadas en láminas de cartón, listas para ser doblado sin necesidad de pegamento, tijeras u otras herramientas. Cada estructura resultante encaja perfectamente en la siguiente, por lo que «el set» se puede implementar perfectamente en distritos, o combinarlos armoniosamente en estanterías, escritorios o bibliotecas personales.
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Mi herida existía antes que yo; he nacido para encarnarla.
Joe Bousquet
No se puede ser mendigo de la tragedia.
El acontecimiento trágico; lo que sucede por encima de la «voluntad» y la sobrevuela, no puede ser visto como un ave carroñera que viene a arrebatarnos la poca felicidad que este mundo nos entrega. La poca que, a veces, podemos también arrebatarle…
En toda tragedia subyace siempre una especie de heroísmo. Un destino que no se quiere definir a sí mismo como justo o como injusto; merecido o inmerecido.
El hombre trágico – el sujeto trágico, que puede ser también toda una civilización, una cultura de la trágico- tendrá que entender que es casi obligatorio escoger entre estar a la altura de su propio acontecimiento, o caer en el lastimero fango de la autocompasión.
Japón -como nación y como cultura- conoce muy bien el significado del desastre. Han sabido moldear las caídas más hondas hasta el punto extremo de la estetización de su propio destino.
Han visto muy de cerca los abismos más tristes de la condición humana, y han tenido que padecerlos en carne propia
levantándose siempre con un estoicismo radical.
Y sin embargo, los embates más oscuros resultan ser los más imperceptibles. La carga más liviana termina siendo precisamente el veneno más artero…
Su obra está atravesada por una especie de preocupación ante el riesgo latente de ver a Japón convertido en una mueca banal de Occidente.
Japón vive hoy, con asombro y desasosiego, una nueva generación que no se quiere ya japonesa, sino occidental…
Y es tal vez esa tristeza la que su misma cultura no tenía presupuestada. El espanto más imprevisto ha sido verse
colonizados por una cultura a la que siempre despreciaron. Mirarse a sí mismos -a sus jóvenes- deslumbrados por el penoso brillo de una cultura que sobrevive artificialmente en la mera superficie de su mascarada.
Y es ahí donde se comprende entonces la extraña diferencia entre el desastre y la tragedia…
Japón ha sabido reponerse siempre de sus desastres -Hiroshima y Nagasaki, por ejemplo- pero ante su propia tragedia -el temido riesgo de perder su identidad, de convertirse en Gaijin, extranjeros de sí mismos- se sabe radicalmente desprotegido.
Kazuki Takamatsu compone esta inquietud frente a la extraña desconexión cultural entre las viejas y las nuevas generaciones de su país. La rebelión suicida de sus jóvenes, que ahora parece que no se despojan de su vida por viejas cuestiones de honor -como en el cine de samurais- sino como síntoma de una sociedad fracturada que ha perdido su lugar en el mundo. Que ve nublado su propio destino y no ha sabido muy bien donde trazar la línea divisoria entre Japón y Occidente.
La visión de una pubertad deslumbrada por los torpes brillos de la «pop-culture» -atravesada también por la guerra, la muerte y la autodestrucción- y enmarcada en un punto que media entre el sueño y la pesadilla.
La visión de una pubertad deslumbrada por los torpes brillos de la «pop-culture» -atravesada también por la guerra, la muerte y la autodestrucción- y enmarcada en un punto que media entre el sueño y la pesadilla.
Recopilamos algunos trabajos de sus colecciones “Spiral of Emotions” y “Japanese Ideology of Puberty” y alcanzamos a entender, medianamente y desde nuestra percepción netamente occidental, que su obra está atravesada por una especie de preocupación ante el riesgo latente de ver a Japón convertido en una mueca banal de Occidente.
La visión de una pubertad deslumbrada por los torpes brillos de la «pop-culture» -atravesada también por la guerra, la muerte y la autodestrucción- y enmarcada en un punto que media entre el sueño y la pesadilla.
Esa -nos parece- es la inquietud que refleja su obra. Y esa es también, de alguna forma, la cuestión que parece dejarle a su propio país: «No ser indignos de lo que nos sucede».
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Por eso no existe ninguna contradicción entre el nuevo período de éxito de la temática ética y la lógica posmoralista, ética elegida que no ordena ningún sacrificio mayor, ningún arrancarse de sí mismo.No hay recomposición del deber heroico, sólo reconciliación del corazón y de la fiesta, de la virtud y el interés, de los imperativos del futuro y de la calidad de vida en el presente.
Gilles Lipovetsky – El crepúsculo del deber
Lo arquitectónico no es sólo belleza y majestad.
No se trata únicamente de simples «adornos verticales» donde asentar a la humanidad, ni mucho menos de espacios acomodaticios financiados por las maquinarias del poder en turno. Tampoco se trata -en exclusiva- del factor habitacional, logístico o urbano.
Lo arquitectónico es forma, función, continente y contenido; signo, significante y significado…
Y así como cualquier otra manifestación de las artes plásticas, la arquitectura es también una forma de la resistencia.
No hace falta brindar demasiada evidencia para darnos cuenta de que esto que llamamos mundo, -este breve hogar planetario- hace rato ya que cruzó los límites de lo salvable.
No hace falta brindar demasiada evidencia para darnos cuenta de que esto que llamamos mundo, -este breve hogar planetario- hace rato ya que cruzó los límites de lo salvable.
El aumento de la temperatura terrestre, las sequías cada vez más prolongadas, o las montañas de plástico atrofiando cualquier posibilidad de vida marina no hacen más que incrementar fatalmente la sumatoria de todos los desastres.
En algún momento, ciertamente, volteamos la mirada hacia la «ola verde» con un cierto grado de sarcasmo… ¿Qué nos importaba a nosotros la visión apocalíptica de esos mártires de la mercadotecnia ecológica?
¿El reciclaje? ¿Salvemos a los delfines? ¿El Amazonas en llamas?
Imaginamos alguna vez que todo ese asunto no era más que una jugada corporativa que sólo buscaba evadir impuestos a través del concepto de «responsabilidad social empresarial»…
La pregunta, no sin cierto grado de ironía, nos la devuelve el espejo miserable en que hemos convertido nuestro hogar: ¿Y ahora, quién podrá defendernos -de nosotros mismos-?
Es posible que el asunto de la conciencia planetaria, en el fondo, no fuera más que una estafa taquillera para acelerar el consumo de productos «eco-amigables». Si, eso no tendría nada de extraño. Así como no tiene nada de extraño que los tratamientos para el cáncer les resulten mucho más provechosos a las multinacionales farmacéuticas -desde el punto de vista financiero- que encontrar alguna cura posible.
Pero la cuestión de fondo poco o nada tiene que ver con estas materias conspiranóicas. La cuestión fundamental es un interrogante ético y estético.
En algún momento de la historia la civilización occidental miró con gusto -y codicia- las monumentales obras del pensamiento positivo. Una mentalidad abrumadoramente optimista que creía ciegamente en el progreso de la razón, la técnica y los avances de la ciencia.
La historia del siglo XX representa a cabalidad el auge y la terrible y dolorosa caída del imperio de la razón. Ya en el amanecer del siglo XXI, abandonados los viejos ideales, contemplando el triste desierto en el que se ha convertido lo real, sólo nos queda tomar una última decisión: Abandonarnos al delirio apocalíptico de la decadencia, o simplemente asumir los costos de nuestras pésimas costumbres y modificarlas hasta el límite de lo posible.
Y entonces, más allá del arte (que resiste ante la maquinaria del poder) nos queda la arquitectura. Una forma de la creatividad obligada ahora por las circunstancias a proporcionarnos -paradójicamente de la mano de la ciencia y la técnica- un mundo parcialmente más habitable
Y entonces, más allá del arte (que resiste ante la maquinaria del poder) nos queda la arquitectura. Una forma de la creatividad obligada ahora por las circunstancias a proporcionarnos -paradójicamente de la mano de la ciencia y la técnica- un mundo parcialmente más habitable
¿Y qué es la cuestión ética más que una sumatoria de decisiones?
Ya por muchos años la humanidad se hizo esclava de su propia codicia. Generaciones enteras oprimidas por el nocivo peso de sus ideales nos han dejado por mundo un desierto tóxico en el que la vida es posible a duras penas.
Y entonces, más allá del arte (que resiste ante la maquinaria del poder) nos queda la arquitectura. Una forma de la creatividad obligada ahora por las circunstancias a proporcionarnos -paradójicamente de la mano de la ciencia y la técnica- un mundo parcialmente más habitable que éste al que el animal humano ha deteriorado hasta la saciedad.
Las visiones de Vincent Callebaut no pueden representar un mero entretenimiento estético ni mucho menos una simple y llana utopía visual.
De alguna forma, es aquí donde la arquitectura tiene que tender un puente entre las maquinarias del poder y aquello que se le resiste, lo que se opone a su manipulación. A su vigilancia, sus estándares y su normatividad coactiva.
Todos los mamíferos de este planeta desarrollan instintivamente un equilibrio con el hábitat que les rodea. Los humanos se trasladan a una zona y se multiplican. Y siguen multiplicándose hasta agotar todos los recursos naturales. El único modo de sobrevivir es mudarse a otra zona. Existe otro organismo en este planeta que sigue el mismo patrón ¿Sabe cuál es?Un virus.
Todos los mamíferos de este planeta desarrollan instintivamente un equilibrio con el hábitat que les rodea. Los humanos se trasladan a una zona y se multiplican. Y siguen multiplicándose hasta agotar todos los recursos naturales. El único modo de sobrevivir es mudarse a otra zona. Existe otro organismo en este planeta que sigue el mismo patrón ¿Sabe cuál es?Un virus.
Agente Smith – The Matrix
Si bien el poder no está localizado en una institución o estado, y en su lugar corresponde más bien a una sumatoria de fuerzas, la probable -e inminente- extinción de lo humano tiene que obligar, de un modo u otro, a que la decisión de moderar el daño que nuestra presencia le hace al planeta sea asumida -y corregida- lo más pronto posible.
Sus diseños son sólo un ejemplo -un impresionante ejemplo- de lo que la arquitectura y otras múltiples facetas de lo creativo han opuesto no sólo contra los peligrosos efectos del antropocentrismo, sino también contra las horribles dinámicas de un mercado global que sólo está considerando el factor económico como única posibilidad de desarrollo…
No se trata solamente de un «sarcasmo apocalíptico», hoy más que nunca resulta imperativo apropiarse y hacer eco de la frase pronunciada alguna vez por Lipovetsky: «El siglo XXI será ético, o no será».
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Si un concepto es mejor que uno anterior es porque permite escuchar variaciones nuevas y resonancias desconocidas, porque efectúa reparticiones insólitas, porque propone sentidos alternativos en relación con problemas siempre variables.
Gilles Deleuze
Se parecen; las revoluciones y los cambios generacionales. Tienen cosas en común.
En ambos casos se trata sobre todo de «matar al padre» (figurativamente en uno, y violentamente real en el otro).
Hay que fundarse, hacerse a una identidad sobre los restos aún tibios de los predecesores. Sobre el viejo nombre de lo que fuera «La ley», toda revolución -toda generación- opone su propia reinterpretación del mundo.
Lo que se conoce hoy bajo el rótulo de «arte contemporáneo» tendrá que ser también un día sometido al inalienable juicio de la historia.
Lo que se conoce hoy bajo el rótulo de «arte contemporáneo» tendrá que ser también un día sometido al inalienable juicio de la historia.
Más tarde se hace institución… Y desde los fondos mismos de lo que toda gran reforma reprime, desde esos sumideros de los olvidados se levanta entonces una nueva revolución -una nueva generación- dispuesta a reanudar el inquebrantable circo de la historia.
Es el eterno retorno de lo mismo. El eterno retorno de la diferencia. Pero es lo que vuelve. Lo que busca «ser» por fuera del canon y también lo que termina siendo ley un día. La misma ley que tendrá que ser revocada y ajusticiada bajo el entusiasmo juvenil de las nuevas generaciones. Aquellos que algún día harán parte también de lo obsoleto, lo arcaico. Las viejas glorias…
Lo que se conoce hoy bajo el rótulo de «arte contemporáneo» tendrá que ser también un día sometido al inalienable juicio de la historia. El paso del tiempo es implacable para todo y para todos.
Algún día la «muerte de lo figurativo» y el temible entusiasmo que genera hoy la «democratización» del arte nos pasarán factura, y sabremos entonces qué tan sólido era el «¡Todo vale!» como justificación de cualquier producción a la que medianamente pudiéramos llamar artística.
Hay producciones contemporáneas que, como decía Kafka al respecto de ciertos libros, son “como una desgracia dolorosa”, “como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos”.
Hay producciones contemporáneas que, como decía Kafka al respecto de ciertos libros, son “como una desgracia dolorosa”, “como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos”.
Sin caer en la banalidad de las generalizaciones, nos hace falta también buscar, interrogarnos y comprender que muchas producciones son realmente valiosas. Que hay algo en ellas que nos interroga. Producciones (cuadros, fotografías, grafittis o instalaciones) que, en sí mismas, parecen más una herida abierta. Un agujero negro dispuesto a quitarnos cualquier base sobre la cual creíamos fundamentar sólidamente todas nuestras nociones y prejuicios…
Hay producciones contemporáneas que, como decía Kafka al respecto de ciertos libros, son «como una desgracia dolorosa», «como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos».
Pero en eso precisamente tiene que radicar nuestra astucia. Es necesario afilar los ojos, el tacto y los sentidos ante la corriente del arte y ajustar criterios sólidos para diferenciar lo valioso -lo que nos conmueve- de lo banal. Del «arte» como producto de consumo masivo -como entretenimiento- frente a algunas producciones que no vienen a ofrecer respuestas sino inquietudes hondas…
Espero no equivocarme pero supongo que «La fuente» de Duchamp detonó una revolución en la historia del arte que ahora, más allá de haber sido por muchos años el fundamento primordial del arte contemporáneo, ha devenido cliché.
Porque también es cierto que toda resistencia -toda revolución- sobrevive hasta que se hace víctima de su propia leyenda.
Y no precisamente porque la obra en sí misma carezca de relevancia o valor. Sino -paradójicamente- porque su relevancia y su valor se han exagerado, repetido y reinterpretado hasta el extremo de despojarla de cualquier autoridad para fundamentar en ella una noción medianamente seria de lo que «debe ser» el arte.
Fue la revolución del «concepto» lo que terminó por devorar el status de «lo figurativo» en el arte.
Nos basta la historia reciente para confirmar que el símbolo de una generación -de una rebelión- devino institución… Que batallando contra todas las maquinarias del arte (museos, curadores, coleccionistas y demás) acabó cayendo bajo el mismo peso de su mitología.
Lo conceptual en el arte se hizo leyenda y acabó por naufragar en las aguas del cliché…
Aún antes de pintar han pasado muchas cosas. Es por eso que pintar implica una especie de catástrofe sobre la tela para deshacerse de todo lo que precede (…) ¿Cómo llamar a esas cosas de las que el pintor tiene que desembarazarse? (…) Los pintores le han dado a menudo un nombre, casi técnico, en su propio vocabulario: los clichés. Se diría que los clichés están ya sobre la tela aún antes de que se la haya comenzado (…) que todas las abominaciones de lo que es malo en la pintura están ya ahí
DELEUZE Gilles, “Pintura, el concepto de diagrama”
Aún antes de pintar han pasado muchas cosas. Es por eso que pintar implica una especie de catástrofe sobre la tela para deshacerse de todo lo que precede (…) ¿Cómo llamar a esas cosas de las que el pintor tiene que desembarazarse? (…) Los pintores le han dado a menudo un nombre, casi técnico, en su propio vocabulario: los clichés. Se diría que los clichés están ya sobre la tela aún antes de que se la haya comenzado (…) que todas las abominaciones de lo que es malo en la pintura están ya ahí
DELEUZE Gilles, “Pintura, el concepto de diagrama”
Wieslaw Walkuski viene a regalarnos una obra impresionante en la que, de alguna manera, se puede afirmar que hizo catástrofe sobre sus posters al suprimir la simulación de una revolución -la revolución de lo conceptual- que se inmovilizó a sí misma al convertirse en canon. Una forma de producir arte que ya no puede dar cuenta de lo que esta contemporaneidad de la era digital está afrontando.
Y se le puede llamar catástrofe precisamente por el doble ejercicio que implica suprimir una manera de trabajar el arte, que se arriesga a proponer lo figurativo por encima del «concepto», pero que, aún a pesar de esto, logra dejarnos la incógnita. Logra plantearnos la pregunta por lo elemental. Por el drama humano que -no importa a qué generación pertenezca- se repite innumerablemente.
La obra de Walkuski resulta significativa porque no depende de ideales prestados -y por eso mismo inoficiosos- sino que, aún plegándose sobre lo clásico (lo figurativo) logra dejar una marca -una incógnita- más allá.
Sus obras parecen buscar un cierto retorno a lo único real que nos queda – nuestro cuerpo – no sólo frente a la catástrofe que implica asimilar la nulidad del recién envejecido «¡Todo vale!», sino hacerle frente a la necesidad de construir algo nuevo. Un nuevo sentido que no tenga nada que ver con la impostura, la repetición o la glorificación de nuevos ídolos con pies de barro.
Crear es, ante todo, un duelo. Un duelo por la vieja imagen de uno mismo, y por la vieja imagen que lo otro proyectaba sobre uno.
Para lograr esto no sólo se hace necesario ejercer una catástrofe, sino también llevar a cabo un duelo por eso que se ha perdido o contra lo cual se ha luchado, contra ese sustento -el viejo «padre»; el canon de lo establecido- sobre el cual ya no es posible encontrar ningún soporte.
Crear es, ante todo, un duelo. Un duelo por la vieja imagen de uno mismo, y por la vieja imagen que lo otro proyectaba sobre uno. Un duelo por las nociones que sustentaban la existencia. Un duelo por lo que creíamos que hacía valioso al arte contemporáneo.
En fin, un duelo por el que fuimos y al cual no podemos ya volver…
NOTA: “Bifrontal Editores” no es dueña de las imágenes aquí mostradas. Éstas sólo se usan con fines informativos para nuestra revista digital (revistabifrontal.com). Los créditos respectivos son debidamente anotados con el nombre del autor o autores, propietarios de todos los derechos.
El perfil del desheredado, del proletario, ha ido adoptando, sin que nos hayamos dado cuenta, unos rasgos diferentes de los de antes: El mundo vuelve a estar lleno de figuras de pasión. Son los expulsados, los proscritos, los ultrajados, los despojados de su patria y de su terruño, los empujados por la brutalidad de las simas más hondas. Ahí es donde están las catacumbas de hoy; y no se las abre por el mero hecho de hacer que los desheredados voten de cuando en cuando de qué manera quieren que la burocracia administre su miseria.
La emboscadura – Ernst Junger.
Crear es, ante todo, resistir…
Resistir la cosificación, la manipulación mediática, el «olvido indiferente» -imperceptible- de las maquinarias del poder.
Crear es salir, a patadas si es necesario, del triste fango de la maquinaria. De la insufrible cárcel sin barrotes del bienestarismo.
Plantarse firmemente en oposición a la marginalización. Pronunciar el grito contra todos los protocolos, contra todas las políticas que nos quieren sumisos, normalizados. Producto «estándar» del «welfare nightmare»…
¿Por qué llevas puesto ese estúpido traje de hombre?
Leyendo acerca del proyecto «Money art», del artista, docente e ilustrador Donovan Clark, surgieron varios interrogantes frente al papel, si bien no del Arte (el gran arte, con mayúsculas; el que habita museos empolvados y oficinas de coleccionistas y multinacionales) tal vez si del arte (con minúsculas). El callejero.
Ese que, aunque aún resiste, tal vez aspira algún día a verse cooptado por la insufrible maquinaria de museos, curadores, inversionistas, especuladores y hasta críticos de folletín.
Porque también es cierto que toda resistencia -toda revolución- sobrevive hasta que se hace víctima de su propia leyenda. Hasta que alcanza un nombre (y un status). Hasta ese momento en el que por fin naufraga bajo su propio peso y los grandes sistemas (omnívoros y brutales) terminan por asimilarla como si sólo fuera «another brick in the wall»…
El «Welfare State» significa la culminación del capitalismo y el surgimiento del «Homo Consumens», un nuevo individuo que tiene un papel fundamental como motor de la rueda de producción-consumo, como consumidor insaciable, insatisfecho y alienado, que demanda bienes de consumo nuevos, artificiales y absolutamente innecesarios
El «Welfare State» significa la culminación del capitalismo y el surgimiento del «Homo Consumens», un nuevo individuo que tiene un papel fundamental como motor de la rueda de producción-consumo, como consumidor insaciable, insatisfecho y alienado, que demanda bienes de consumo nuevos, artificiales y absolutamente innecesarios
Enrique T. Galván
Pero eso lo sabemos de sobra. Ya no somos la hermosa ingenuidad del «Mayo del 68». Nosotros no representamos, precisamente, «la imaginación al poder».
Nosotros somos, de alguna forma, una generación de emboscados. Los indignados de las redes sociales… Los inconformes de la pantalla táctil y el teclado virtual…
Sin embargo, todavía resistimos. Estamos aquí tratando de reinventarnos. De darnos un espacio en medio de un mundo siempre hostil.
Y de eso se trata todo esto precisamente.
No hace falta (como ya lo hemos dicho muchas veces) que el «pequeño arte» se ajuste a los cánones inmortales de la grandeza (aunque también es cierto que existe tal grandeza). Pero nos interesa igualmente la pequeña creación. La que pasa a veces desapercibida. La que no tiene cabida en grandes publicaciones y de la cual no se ocupan los especialistas más renombrados.
Pobres aquellos que jamás han disfrutado del arte. A ellos les pertenece la miseria…
@Un_Tal_Cioran
Ahí hay también una noción de «lo que resiste». Lo que subsiste al embate silencioso y mortal del «profit».
Donovan Clark nos trae una pequeña muestra de eso que todavía resiste en nosotros. «Money art» representa el conatus de lo que no se conforma y sale en busca de una manera distinta de mirar, entender, y reinterpretar el mundo. De buscarle otra vuelta de tuerca. De tomar sus propias armas y resignificarlas. Despojarlas de todo simbolismo y transformarlas en su caricaturización.
«Money art» es una muestra (tal vez simple y hasta ligera) de lo que se ríe ante la imperturbable seriedad de los predicadores del «Crash financiero». De los especuladores. De los corruptos.
Si eres lo suficientemente subversivo como para escribir en los billetes de banco, entonces considéralo un acto revolucionario. El dinero pasa de mano en mano. Los ricos, los pobres, independientemente de su color de piel, creencias, ideas, sentimientos, miedos, esperanzas. El dinero es nuestro lobo, nuestro canal, nuestra prisión, nuestro maestro, nuestra triste ilusión de libertad. Nuestro enemigo común.
Movimiento «Montre ton indignation sur les billets de banque»
Si eres lo suficientemente subversivo como para escribir en los billetes de banco, entonces considéralo un acto revolucionario. El dinero pasa de mano en mano. Los ricos, los pobres, independientemente de su color de piel, creencias, ideas, sentimientos, miedos, esperanzas. El dinero es nuestro lobo, nuestro canal, nuestra prisión, nuestro maestro, nuestra triste ilusión de libertad. Nuestro enemigo común.
Movimiento «Montre ton indignation sur les billets de banque»
«Money art» viene a ser, también, una mueca de sarcasmo y una especie de denuncia en contra de la manipulación de todas las maquinarias del poder (político, armado, religioso, económico, y así sucesivamente en un largo etcétera).
Sobrevivirá la resistencia (el pequeño o el gran arte) hasta que perdure en nosotros la imaginación. Las ganas de seguir creando y resistiendo.
Y como ya lo dijimos alguna vez: Pobres aquellos que jamás han disfrutado del arte. A ellos les pertenece la miseria…
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