Es el cuerpo el que acaba siempre por rebelarse. Escapando a las míseras restricciones, a todas aquellas prohibiciones que buscan extinguir -o por lo menos difuminar- las exigencias de los impulsos.
Sin embargo, existe también una especie de placer torcido -una forma de la perversión, incluso- en jugar a la prohibición como tentación.
Lo que resulta de todo esto no es más que un juego del gato y el ratón. Exigir una frontera que a fin de cuentas será traspasada, explícita o solapadamente, por los entusiastas de la transgresión. Por todos aquellos que se han visto volcados a convertir el deseo en un “artefacto” monstruoso. Ya sea como objeción ante los moralismos, o incluso como satisfacción orgásmica ante la oportunidad de rozar lo obsceno sin apenas tocarlo. Ese juego de tentar el castigo rayando solapadamente lo prohibido…
Así, no es “perverso” precisamente el transgresor. Todo lo contrario, es “perverso” aquél que busca la imposición de la censura. Quien inconforme y molesto con su propia naturaleza, busca destajar el deseo del otro castrando su natural impulso por la búsqueda del placer.
La naturaleza del placer convertida en “búsqueda malsana” produce monstruos…
La censura y la prohibición, incluso la modulación del placer por parte de poderes omnívoros (estado o clero) encuentra como respuesta efectiva fenómenos transgresores cada vez más incisivos, y sin embargo, igualmente redituables.
En Japón, por ejemplo, la Eirin (una de las instituciones encargadas de censurar producciones gráficas, televisivas y cinematográficas frente a la exposición de los genitales humanos) cobraba a principios del año 2000 unos 100 yenes por metro de cinta fílmica revisada, lo cual se traduce en unos 246.000 yenes por una película de duración media. ¡Todo un negocio!
No hace falta buscar mucho para darse cuenta de que cualquier ejercicio de poder requiere siempre un ejercicio de control: Lo que se puede decir; lo que se puede pensar; lo que se puede hacer y sobre todo, lo que es lícito desear…
Controlar el deseo a través del tabú: Prohibida la disidencia, prohibido el consumo de sustancias psicoactivas, prohibido la búsqueda del placer a través del cuerpo -y así sucesivamente- como una manera de imponer una agenda gubernamental o religiosa.
La uniformidad del pensamiento o la uniformidad de lo permitido hace más fácil encontrar y procesar a quien disiente, al “monstruo” que atenta contra las buenas costumbres o la moral pública y al mismo tiempo, convertirlo en figura ejemplarizante para todo aquél que intente seguirlo.
Los beneficiarios del tabú se complacen en dictar los límites, y cuando nuestro cuerpo no aguanta más y busca entonces bordear fronteras, nuestro deseo nos hace réprobos ante sus ojos; se hace “fetiche” ante la mirada atónita de aquellos puritanos de salón.
Daikichi Amano representa magníficamente la figura del contestatario, el rebelde que busca modelar el erotismo rayando de manera sublime y grotesca lo prohibido (prohibido sobre todo dentro de la cultura japonesa) tomando provecho de la genialidad de algunos directores y productores de cine nipón quienes, ante la prohibición de mostrar de manera explícita los genitales humanos, comenzaron a utilizar prótesis sintéticas, o simplemente, a reemplazarlas por prótesis animales (pulpos particularmente) recordando así la famosa xilografía erótica “El sueño de la esposa del pescador” (“Los pulpos y la buceadora”) de Katsushika Hokusai.
Esperamos que disfrutes (tanto como nosotros) esta “horrorosa” cara de la belleza…
Si te interesa conocer más acerca de la censura en Japón te recomendamos este artículo.
NOTA: “Bifrontal Editores” no es dueña de las imágenes aquí mostradas. Éstas sólo se usan con fines informativos para nuestra revista digital (revista.bifrontaleditores.com). Los créditos respectivos son debidamente anotados con el nombre del autor o autores, propietarios de todos los derechos.
Amar verdaderamente a alguien es creer que amándolo, se accederá a una verdad sobre sí mismo.
Jacques-Alain Miller
NOTA: Esta entrevista a Jacques- Alain Miller, realizada por Hanna Waar, fue publicada originalmente en «Psychologies Magazine» (octubre 2008, n° 278). «Revista Bifrontal» la reproduce con fines netamente informativos. De igual manera, acompañamos el texto con algunas de las ilustraciones más hermosas (en opinión de nuestro equipo editorial) de la artista e ilustradora Chiara Bautista.
Hanna Waar: ¿El psicoanálisis enseña algo sobre el amor?
Jacques-Alain Miller: Mucho, pues es una experiencia cuyo resorte es el amor. Se trata de ese amor automático, y a menudo inconsciente, que el analizante dirige al analista, y que se llama la transferencia. Es un amor artificial, pero de la misma estofa que el amor verdadero. Saca a la luz su mecánica: el amor se dirige a aquel que usted piensa que conoce vuestra verdad verdadera. Pero el amor permite imaginar que esta verdad será amable, agradable, mientras que de hecho es muy difícil de soportar.
H.W.: ¿Entonces, qué es verdaderamente amar?
J-A.M.: Amar verdaderamente a alguien es creer que amándolo, se accederá a una verdad sobre sí mismo. Amamos a aquel o a aquella que esconde la respuesta, o una respuesta a nuestra pregunta: “¿Quién soy yo?”
Amar es reconocer su falta y darla al otro, ubicarla en el otro. No es dar lo que se posee, bienes, regalos. Es dar algo que no se posee, que va más allá de sí mismo.
Amar es reconocer su falta y darla al otro, ubicarla en el otro. No es dar lo que se posee, bienes, regalos. Es dar algo que no se posee, que va más allá de sí mismo.
H.W.: ¿Por qué algunos saben amar y otros no?
J-A.M.: Algunos saben provocar el amor en el otro, los «serial lovers», si puedo decirlo, hombres y mujeres. Saben qué botones apretar para hacerse amar. Pero ellos no aman necesariamente, juegan más bien al gato y al ratón con sus presas. Para amar, hay que confesar su falta, y reconocer que se necesita al otro, que le falta. Aquellos que creen estar completos solos, o quieren estarlo, no saben amar. Y a veces, lo constatan dolorosamente. Manipulan, tiran de los hilos, pero no conocen del amor ni el riesgo ni las delicias.
H.W.: “Estar completo solo”: sólo un hombre puede creer eso…
J-A.M.: ¡Bien dicho! Amar, decía Lacan es dar lo que no se tiene. Lo que quiere decir: amar es reconocer su falta y darla al otro, ubicarla en el otro. No es dar lo que se posee, bienes, regalos. Es dar algo que no se posee, que va más allá de sí mismo. Para eso, hay que asumir su falta, su “castración”, como decía Freud. Y esto, es esencialmente femenino. Sólo se ama verdaderamente a partir de una posición femenina. Amar feminiza. Por eso el amor es siempre un poco cómico en un hombre. Pero si se deja intimidar por el ridículo, es que en realidad, no está muy seguro de su virilidad.
H.W.: ¿Sería más difícil amar para los hombres?
J-A.M.: ¡Oh sí! Incluso un hombre enamorado tiene retornos de orgullo, lo asalta la agresividad contra el objeto de su amor, porque este amor lo pone en una posición de incompletud, de dependencia. Por ello puede desear a mujeres que no ama, para reencontrar la posición viril que él pone en suspenso cuando ama. Freud llama a este principio la “degradación de la vida amorosa” en el hombre: la escisión del amor y del deseo.
H.W.: ¿Y en las mujeres?
J-A.M.: Es menos habitual. En el caso más frecuente, hay desdoblamiento del partenaire masculino. De un lado, está el amante que las hace gozar y al que desean, pero está también el hombre del amor, que está feminizado, profundamente castrado. Sólo que no es la anatomía la que comanda: hay mujeres que adoptan una posición masculina, incluso las hay cada vez más. Un hombre para el amor, en la casa, y hombres para el goce, que se encuentran en Internet, en la calle, o en el tren…
Mi amor por ti no es sólo asunto mío, sino también tuyo. Mi amor dice algo de ti que quizá tú mismo no conozcas
H.W.: ¿Por qué cada vez más?
J-A.M.: Los estereotipos socioculturales de la feminidad y de la virilidad están en plena mutación. Los hombres son invitados a alojar sus emociones, a amar, a feminizarse. Las mujeres conocen, por el contrario, un cierto “empuje al hombre”: en nombre de la igualdad jurídica, se ven conducidas a repetir “yo también”.
Al mismo tiempo, los homosexuales reivindican los derechos y los símbolos de los héteros, como el matrimonio y la filiación. De allí que hay una gran inestabilidad de los roles, una fluidez generalizada del teatro del amor, que contrasta con la fijeza de antaño.
El amor se vuelve “líquido”, como constata el sociólogo Zygmunt Bauman.
Cada uno es conducido a inventar su propio “estilo de vida”, y a asumir su modo de gozar y de amar. Los escenarios tradicionales caen en lento desuso. La presión social para adecuarse a ello no ha desaparecido, pero es baja.
H.W.: “El amor siempre es recíproco”, decía Lacan. ¿Aún es verdadero en el contexto actual? ¿Qué significa eso?
J-A.M.: Se repite esta frase sin comprenderla, o se la comprende de través. No quiere decir que basta con amar a alguien para que él lo ame. Eso sería absurdo.
Quiere decir: “Si yo te amo, es que tú eres amable. Soy yo quien ama, pero tú, tú también estas implicado, puesto que hay en ti algo que hace que te ame. Es recíproco porque hay un ir y venir: el amor que tengo por ti es el efecto de retorno de la causa de amor que tú eres para mí. Por lo tanto, algo tú tienes que ver. Mi amor por ti no es sólo asunto mío, sino también tuyo. Mi amor dice algo de ti que quizá tú mismo no conozcas.”
Esto no asegura en absoluto que al amor de uno responderá el amor del otro: cuando eso se produce siempre es del orden del milagro, no se puede calcular por anticipado.
La realidad del inconsciente supera a la ficción. Usted no tiene idea de todo lo que se funda, en la vida humana, y especialmente en el amor, en bagatelas (…) “divinos detalles”
La realidad del inconsciente supera a la ficción. Usted no tiene idea de todo lo que se funda, en la vida humana, y especialmente en el amor, en bagatelas (…) “divinos detalles”
H.W.: No se encuentra a su «cada uno» o a su «cada una» por azar. ¿Por qué él? ¿Por qué ella?
J-A.M.: Existe lo que Freud llama Liebsbedingung, la condición de amor, la causa del deseo. Es un rasgo particular –o un conjunto de rasgos– que tiene en cada uno una función determinante en la elección amorosa. Esto escapa totalmente a las neurociencias, porque es propio de cada uno, tiene que ver con la historia singular e íntima. Rasgos a veces ínfimos están en juego. Freud, por ejemplo, había señalado como causa del deseo en uno de sus pacientes ¡un brillo de luz en la nariz de una mujer!
H.W.: Nos es difícil creer en un amor fundado sobre esas naderías.
J-A.M.: La realidad del inconsciente supera a la ficción. Usted no tiene idea de todo lo que se funda, en la vida humana, y especialmente en el amor, en bagatelas, cabezas de alfiler, “divinos detalles”.
Es verdad que es sobretodo en el macho que encontramos tales causas del deseo, que son como fetiches cuya presencia es indispensable para desencadenar el proceso amoroso.
Particularidades nimias, que recuerdan al padre, la madre, el hermano, la hermana, tal personaje de la infancia, juegan también su papel en la elección amorosa de las mujeres.
Pero la forma femenina del amor es más erotómana que fetichista: quieren ser amadas, y el interés, el amor que se les manifiesta, o que suponen en el otro, es a menudo una condición sine qua non para desencadenar su amor, o al menos su consentimiento. El fenómeno está en la base de la conquista masculina.
H.W.: ¿Usted no le adjudica ningún papel a los fantasmas?
J-A.M.: En las mujeres, sean concientes o inconscientes, son determinantes para la posición de goce, más que para la elección amorosa. Y es a la inversa para los hombres.
Encontró en ella rasgos que le evocaban lo que él mismo era a los 20 años, cuando se presentó a su primera solicitud de trabajo. De algún modo se enamoró de sí mismo
Encontró en ella rasgos que le evocaban lo que él mismo era a los 20 años, cuando se presentó a su primera solicitud de trabajo. De algún modo se enamoró de sí mismo
Por ejemplo, ocurre que una mujer no pueda obtener el goce – digamos el orgasmo – sino a condición de imaginarse a sí misma durante el acto, siendo golpeada, violada, o siendo otra mujer, o incluso estando en otra parte, ausente.
H.W.: ¿Y el fantasma masculino?
J-A.M.: Está muy en evidencia en el enamoramiento. El ejemplo clásico, comentado por Lacan, está en la novela de Goethe, la súbita pasión del joven Werther por Charlotte, en el momento en que la ve por primera vez, alimentando a un grupo de niños que la rodea.
Aquí es la cualidad maternal de la mujer lo que desencadena el amor.
Otro ejemplo, tomado de mi práctica, es este: un jefe en la cincuentena recibe candidatas para un puesto de secretaria. Una joven mujer de 20 años se presenta y le desencadena inmediatamente su fuego.
Se pregunta lo que le pasó, entra en análisis. Allí descubre el desencadenante: encontró en ella rasgos que le evocaban lo que él mismo era a los 20 años, cuando se presentó a su primera solicitud de trabajo. De algún modo se enamoró de sí mismo.
H.W.: ¡Se tiene la impresión de que somos marionetas!
J-A.M.: No, entre tal hombre y tal mujer, nada está escrito por anticipado, no hay brújula, no hay relación preestablecida. Su encuentro no está programado como el del espermatozoide y el del óvulo; nada que ver tampoco con los genes.
Los hombres y las mujeres hablan, viven en un mundo de discurso, es eso lo que es determinante. Las modalidades del amor son ultrasensibles a la cultura ambiente. Cada civilización se distingue por el modo en que estructura su relación entre los sexos.
Ahora, ocurre que en Occidente, en nuestras sociedades, a la vez liberales, mercantiles y jurídicas, lo “múltiple” está en camino de destronar el “Uno“. El modelo ideal de “gran amor para toda la vida” cede poco a poco el terreno ante el «speed dating», el speed living y toda una profusión de escenarios amorosos alternativos, sucesivos, incluso simultáneos.
Los enamorados están, de hecho, condenados a aprender indefinidamente la lengua del otro, a tientas, buscando las claves, siempre revocables.
H.W.: ¿Y el amor en su duración?, ¿en la eternidad?
J-A.M.: Balzac decía: “Toda pasión que no se crea eterna es repugnante”. ¿Pero el vínculo puede mantenerse toda la vida en el registro de la pasión?
Cuanto más un hombre se consagra a una sola mujer, más ella tiende a tomar para él una significación maternal: tanto más sublime e intocable cuanto más amada.
Son los homosexuales casados lo que desarrollan mejor este culto de la mujer: Aragon canta su amor por Elsa cuando muere, ¡buen día a los muchachos! Y cuando una mujer se apega a un solo hombre, lo castra. Por lo tanto, el camino es estrecho. El mejor destino del amor conyugal es la amistad, decía en esencia Aristóteles.
H.W.: El problema, es que los hombres dicen no comprender lo que quieren las mujeres, y las mujeres, lo que los hombres esperan de ellas…
J-A.M.: Sí. Lo que es una objeción a la solución aristotélica es que el diálogo de un sexo con el otro es imposible, suspiraba Lacan. Los enamorados están, de hecho, condenados a aprender indefinidamente la lengua del otro, a tientas, buscando las claves, siempre revocables. El amor, es un laberinto de malentendidos cuya salida no existe.
Traducción: Silvia Baudini
#creemosenelasombro
¡Comparte el asombro!
NOTA: “Bifrontal Editores” no es dueña de las imágenes aquí mostradas. Éstas sólo se usan con fines informativos para nuestra revista digital (revistabifrontal.com). Los créditos respectivos son debidamente anotados con el nombre del autor o autores, propietarios de todos los derechos.
En sus fotos siempre hay algo que a uno le fue negado
Las fotos de los otros siempre son historias ajenas, que uno desea porque a uno le hace falta esa vida que a ellos les sobra.
No importa si es una vida miserable o aburrida, porque en sus fotos siempre hay algo que a uno le fue negado.
Uno no quiere sus vidas. Uno simplemente codicia esos momentos que cree mejores que los propios porque están lejos de la existencia rutinaria que uno carga todos los martes al levantarse de la cama para ir al trabajo.
Hay lugares que duelen mucho sólo porque uno los ve a través de una foto donde siempre hay personas que no son uno
Hay lugares que duelen mucho sólo porque uno los ve a través de una foto donde siempre hay personas que no son uno
Uno quisiera ser parte, sentir que también fue amado; que por un momento, estar ahí tuvo sentido.
Ya en la noche uno vuelve a pensar, como para consolarse un poco – ese pobre consuelo que más parece una herida, o el desasosiego de un domingo – que también a ellos la vida les parece una carga, esa que uno siente todos los jueves al levantarse de la cama para ir al trabajo.
No hay recurso más triste que la imaginación. Jugar a ser otro y sentirse condenado a ser uno
Y a pesar de todo, a pesar de ese consuelo de los tristes, hay lugares que duelen mucho sólo porque uno los ve a través de una foto donde siempre hay personas que no son uno.
Hay también canciones que duelen, que son como esas fotos de las que uno nunca hace parte…
No hay recurso más triste que la imaginación. Jugar a ser otro y sentirse condenado a ser uno.
Tienes la cara del que acepta lo que ve porque está esperando despertar
The Matrix
Se trata, sobre todo, de una obsesión personal por las geografías perdidas y remotas.
Es también -después de todo- una manera de estar solo…
Quienes lo han probado alguna vez; aquellos que no han salido corriendo -espantados ante la perspectiva de saberse solos- han experimentado el inmenso placer que significa “perder los rumbos tradicionales” y entregarse por completo al sentimiento de percibirse extranjero.
Es algo muy cercano a un “orgasmo de libertad”, por así decirlo….
Quien se ha cansado alguna vez de sí mismo sabe también lo liberador que puede llegar a ser eso de “perder la identidad”. Dejar atrás el nombre, la historia, los lazos y las fronteras.
Hacerse nómada y trazar en sí mismo una línea de fuga donde, incluso, la misma noción del “sí mismo” no parece más que un sueño distante. En todos los tiempos y en todos los espacios.
De lo que se trata realmente es de percatarse que el “Arte” no existe…
Ahora, lo importante para este caso no tendría por qué ser si debe permitírsele o no la entrada al “Glitch” dentro de las fronteras del “Arte”. Sobre todo cuando la misma noción de lo que se entiende por “Arte” puede remitir solamente a un cascarón vacío de sentido…
Sería sencillo realizar una consulta popular, una especie de “plebiscito democrático” en el cual fuera posible poner a una cantidad x de personas frente a un grupo tremendamente variado de producciones (“artísticas”, accidentales, finamente elaboradas o simplemente artesanales) para que cada una realizara una lista en la que pudiera definir si lo que tiene al frente es o no es un producto “digno” de llamarse “artístico”; suficientemente “digno” como para ser exhibido en galerías y museos. Suficientemente “digno” para ser subastado, adquirido y revendido cuando su precio sea ya exorbitante.
Podría objetarse entonces que para realizar semejante consulta haría falta un público mucho más especializado. Críticos de arte, curadores, diseñadores, arquitectos, artistas y coleccionistas tendrían que hacer parte del plebiscito por el arte y entregar entonces un criterio final que, casi con plena seguridad, sería similar -con mucho- al veredicto que podrían entregar los “legos” de la materia.
Con esto no trato de implicar que el “saber” y la “ignorancia” sean equivalentes. Tampoco quiero decir, ni mucho menos, que “toda opinión vale lo mismo”, tanto si se trata de la opinión de un especialista como si se trata de la de una persona que desconoce la materia en cuestión.
De lo que se trata realmente es de percatarse que el “Arte” no existe…
Lo que se entiende por “Arte” puede remitir solamente a un cascarón vacío de sentido…
Lo que se entiende por “Arte” puede remitir solamente a un cascarón vacío de sentido…
Existen “producciones plásticas creativas” a las que -casualmente- tratamos de encerrar dentro de los límites de un concepto que ha hecho aguas. Un concepto que sólo sirve bajo una lógica -demente- por clasificar, por reducir un fenómeno a la mínima expresión de su nombre.
Un concepto-etiqueta que no designa ya nada porque lo que se produce bajo ese nombre no cabe ya dentro de los márgenes preestablecidos.
No hay una “Muerte del Arte” como declaración apocalíptica. Existe más bien un concepto obsoleto dentro del cual no cabe ya el proceso creativo sino, simple y llanamente, el temor reverencial por lo que se vende, se usufructúa o se conserva en museos, galerías y oficinas de coleccionistas privados.
Por supuesto, la diferencia abismal entre el concepto y el fenómeno se evidencia aquí notablemente.
Si el concepto “Arte” es obsoleto no lo es precisamente porque el fenómeno de “lo artístico” -la creación plástica- haya desaparecido.
Así, el “Glitch” no es “Arte”…
“Glitch” no corresponde a la misma clasificación, a la misma categoría escolar en la que encerramos a Rembrandt o a Renoir.
“Glitch” es un terreno confuso y hasta “incomprensible” porque propone, como imagen de lo creativo, disposiciones que no corresponden en lo más mínimo a lo que sabemos de la Historia del Arte.
Y es ahí, tal vez, donde recae la gran confusión y el inconveniente que el “Glitch” nos presenta: Si existe aún lo artístico, debe existir completamente desligado de la Historia del Arte.
Lo artístico -como fenómeno- no se puede confundir con la historiografía del arte -como concepto-.
Sería casi como pensar que se hace Filosofía simple y llanamente por conocer la Historia de la Filosofía.
Hay una brecha muy amplia entre conocer la historia de los conceptos y, de hecho, producir conceptos. Así como existe un abismo considerable entre conocer la Historia del Arte y producirlo…
“Glitch” representa, como lo dije en un principio, una obsesión personal por las geografías perdidas y remotas. Una manera de estar solo. Una forma de ser conmovido e interrogado por un producto creativo.
Porque de eso tiene que tratarse precisamente el fenómeno de lo artístico. De producir una obra que mueva, que interrogue los breves cimientos sobre los cuales se fundamenta nuestra existencia prosaica, común y rutinaria.
Lo que necesitamos es arte que nos golpee como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos. Arte que nos haga sentir desterrados a los bosques más remotos, lejos de toda presencia humana, algo semejante al suicidio. Una obra de arte debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros.
Lo que necesitamos es arte que nos golpee como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos. Arte que nos haga sentir desterrados a los bosques más remotos, lejos de toda presencia humana, algo semejante al suicidio. Una obra de arte debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros.
Paráfrasis de un texto original de Kafka
El formato en el que se nos presente un producto artístico no tiene nada que ver con su capacidad para obligarnos a mirar con otros ojos -desde otra perspectiva- la tranquila superficie de nuestras vidas.
Podría ser un óleo maravilloso o simple y llanamente un graffitti callejero. Podría ser también un formato digital el que se rebele contra nuestros estándares y nos provoque entonces una inquietud casi “malsana” y obsesiva. Una necesidad por saber, por conocer, por darle un sentido…
“Glitch” representa y formula la grieta en nuestros conceptos. La pone en evidencia. Produce piezas digitales que son, también, como un interrogante: “¿Crees que es aire lo que estás respirando ahora?”
NOTA: “Bifrontal Editores” no es dueña de las imágenes aquí mostradas. Éstas sólo se usan con fines informativos para nuestra revista digital (revistabifrontal.com). Los créditos respectivos son debidamente anotados con el nombre del autor o autores, propietarios de todos los derechos.
Mi herida existía antes que yo; he nacido para encarnarla.
Joe Bousquet
No se puede ser mendigo de la tragedia.
El acontecimiento trágico; lo que sucede por encima de la «voluntad» y la sobrevuela, no puede ser visto como un ave carroñera que viene a arrebatarnos la poca felicidad que este mundo nos entrega. La poca que, a veces, podemos también arrebatarle…
En toda tragedia subyace siempre una especie de heroísmo. Un destino que no se quiere definir a sí mismo como justo o como injusto; merecido o inmerecido.
El hombre trágico – el sujeto trágico, que puede ser también toda una civilización, una cultura de la trágico- tendrá que entender que es casi obligatorio escoger entre estar a la altura de su propio acontecimiento, o caer en el lastimero fango de la autocompasión.
Japón -como nación y como cultura- conoce muy bien el significado del desastre. Han sabido moldear las caídas más hondas hasta el punto extremo de la estetización de su propio destino.
Han visto muy de cerca los abismos más tristes de la condición humana, y han tenido que padecerlos en carne propia
levantándose siempre con un estoicismo radical.
Y sin embargo, los embates más oscuros resultan ser los más imperceptibles. La carga más liviana termina siendo precisamente el veneno más artero…
Su obra está atravesada por una especie de preocupación ante el riesgo latente de ver a Japón convertido en una mueca banal de Occidente.
Japón vive hoy, con asombro y desasosiego, una nueva generación que no se quiere ya japonesa, sino occidental…
Y es tal vez esa tristeza la que su misma cultura no tenía presupuestada. El espanto más imprevisto ha sido verse
colonizados por una cultura a la que siempre despreciaron. Mirarse a sí mismos -a sus jóvenes- deslumbrados por el penoso brillo de una cultura que sobrevive artificialmente en la mera superficie de su mascarada.
Y es ahí donde se comprende entonces la extraña diferencia entre el desastre y la tragedia…
Japón ha sabido reponerse siempre de sus desastres -Hiroshima y Nagasaki, por ejemplo- pero ante su propia tragedia -el temido riesgo de perder su identidad, de convertirse en Gaijin, extranjeros de sí mismos- se sabe radicalmente desprotegido.
Kazuki Takamatsu compone esta inquietud frente a la extraña desconexión cultural entre las viejas y las nuevas generaciones de su país. La rebelión suicida de sus jóvenes, que ahora parece que no se despojan de su vida por viejas cuestiones de honor -como en el cine de samurais- sino como síntoma de una sociedad fracturada que ha perdido su lugar en el mundo. Que ve nublado su propio destino y no ha sabido muy bien donde trazar la línea divisoria entre Japón y Occidente.
La visión de una pubertad deslumbrada por los torpes brillos de la «pop-culture» -atravesada también por la guerra, la muerte y la autodestrucción- y enmarcada en un punto que media entre el sueño y la pesadilla.
La visión de una pubertad deslumbrada por los torpes brillos de la «pop-culture» -atravesada también por la guerra, la muerte y la autodestrucción- y enmarcada en un punto que media entre el sueño y la pesadilla.
Recopilamos algunos trabajos de sus colecciones “Spiral of Emotions” y “Japanese Ideology of Puberty” y alcanzamos a entender, medianamente y desde nuestra percepción netamente occidental, que su obra está atravesada por una especie de preocupación ante el riesgo latente de ver a Japón convertido en una mueca banal de Occidente.
La visión de una pubertad deslumbrada por los torpes brillos de la «pop-culture» -atravesada también por la guerra, la muerte y la autodestrucción- y enmarcada en un punto que media entre el sueño y la pesadilla.
Esa -nos parece- es la inquietud que refleja su obra. Y esa es también, de alguna forma, la cuestión que parece dejarle a su propio país: «No ser indignos de lo que nos sucede».
#creemosenelasombro
¡Comparte el asombro!
Visita el sitio web y las redes sociales de Kazuki Takamatsu para conocer más de su trabajo.
También puedes encontrar información interesante sobre su trabajo aquí
NOTA: “Bifrontal Editores” no es dueña de las imágenes aquí mostradas. Éstas sólo se usan con fines informativos para nuestra revista digital (revistabifrontal.com). Los créditos respectivos son debidamente anotados con el nombre del autor o autores, propietarios de todos los derechos.