Kolja Tatic, arquitecto, pintor e ilustrador digital de origen serbio, es el encargado de modelar con una pasión obsesiva estos paisajes delirantes y magníficos.
Lugares que traen a la memoria -él mismo reconoce sus influencias- a Giorgio de Chirico y a Dalí.
¿Y nosotros? traductores aficionados de un mundo al que sólo se puede acceder en silencio…
Sin embargo, no sólo nos encanta su obra, sino también la naturalidad con la que aborda el asunto de la creación artística: Con la pasión del silencio y la quietud. La de quien -como decía Van Gogh- trabaja sin tregua ni descanso.
Es la actitud de quien reconoce en el arte, no un simple entretenimiento, sino la virtud de un trabajo. De un esfuerzo. De una tenacidad.
Un agente a través del cual se manifiesta -en todo su esplendor- el asombro.
Puedes visitar el sitio web de Kolja Tatic (vale el asombro la hermosa sorpresa) así como su portafolio en DeviantArt
P.D. Si te quedas «estancado» en el laberinto, sólo tienes que dar click en «retroceder»…
NOTA: “Bifrontal Editores” no es dueña de las imágenes aquí mostradas. Éstas sólo se usan con fines informativos para nuestra revista digital (revistabifrontal.com). Los créditos respectivos son debidamente anotados con el nombre del autor o autores, propietarios de todos los derechos.
La voz ha tomado más cuerpo…¡Ha tomado más de tu cuerpo!
Se quedó a dormir -«¿Acaso duerme?»- en los pliegues de tu barriga.
Una mañana despiertas. Ha tomado tu ombligo. Y tiene rostro ahora. Se desplaza. Sube por las costillas y se sienta a mirarte al espejo mientras te lavas los dientes…
Y no para de hablar.
Cada vez resulta más difícil escucharte a ti mismo. La negación de su presencia -que ya no se puede disimular- es impensable.
Algunos días te deja heridas. Te marca -como una res-. Colonizándote:
Mattis Dovier, dieñador gráfico, ilustrador y animador de origen francés, nos trae esta inquietante pieza visual. Un breve y siniestro viaje al interior que nos acerca de manera gráfica al mecanismo, al funcionamiento mismo de la psicosis como desencadenamiento, escisión y disolución de la personalidad.
«Inside», una impresionante novela gráfica en 8-bits realizada como comisión para «Channel 4. Random Acts».
La traducción al español fue un magnífico aporte de «La Horca«.
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De Argia, desde aquí arriba, no se ve nada; hay quien dice: Está allá abajo— y no queda sino creerlo; los lugares están desiertos. De noche, apoyando la oreja en el suelo, a veces se oye una puerta que golpea.
«Las ciudades y los muertos. 4» – Italo Calvino
Lo triste de la vida no es imaginar (habitar un mundo propio a través del arte, la música o la literatura).
Imaginar es sólo medianamente triste. Nostálgico a su manera.
La vida del soñador es el relato de un ser dividido. Y los divididos cargan con el peso de su carencia: la imposibilidad de su plenitud.
Pero no es triste imaginar. Ni andar dividido por el mundo.
El que acostumbra sus ojos a lo real se hace tan leve, tan insoportablemente plano, que sólo le aguarda la muerte…
Quien sueña -quien imagina- sabe hacerse inmortal a su manera.
Disfruta las poderosas imágenes de Jie Ma, artífice de mundos que sólo los divididos (los escindidos por su propia imaginación) podrían habitar.
Acompaña tu viaje con algunos fragmentos -muy apropiados para la ocasión- de «Las ciudades invisibles», de Italo Calvino.
Si al tocar tierra en Trude no hubiese leído el nombre de la ciudad escrito en grandes letras, hubiera creído llegar al mismo aeropuerto del que partiera. Los suburbios que tuve que atravesar no eran distintos de aquellos otros, con las mismas casas amarillentas y verdosas. Siguiendo las mismas flechas se contorneaban los mismos canteros de las mismas plazas. Las calles del centro exponían mercancías, embalajes y enseñas que no cambiaban en nada.
Era la primera vez que iba a Trude, pero conocía ya el hotel donde acerté a alojarme; ya había oído y dicho mis diálogos con compradores y vendedores de chatarra; otras jornadas iguales a aquélla habían terminado mirando a través de los mismos vasos los mismos ombligos ondulantes.
¿Por qué venir a Trude? me preguntaba. Y ya quería irme.
Puedes remontar el vuelo cuando quieras— me dijeron—, pero llegarás a otra Trude, igual punto por punto; el mundo está cubierto por una única Trude que no empieza ni termina, sólo cambia el nombre del aeropuerto.
El que llega a Tecla poco ve de la ciudad, detrás de las cercas de tablas, los abrigos de arpillera, los andamios, las armazones metálicas, los puentes de madera colgados de cables o sostenidos por caballetes, las escalas de cuerda, los esqueletos de alambre.
A la pregunta: —¿por qué la construcción de Tecla se hace tan larga?— los habitantes, sin dejar de levantar cubos, de bajar plomadas, de mover de arriba y abajo largos pinceles: —Para que no empiece la destrucción —responden.
E interrogados sobre si temen que apenas quitados los andamios la ciudad empiece a resquebrajarse y hacerse pedazos, añaden con prisa, en voz baja: —No sólo la ciudad.
Si, insatisfecho con la respuesta, alguno apoya el ojo en la rendija de una empalizada, ve grúas que suben otras grúas, armazones que cubren otras armazones, vigas que apuntalan otras vigas.
¿Qué sentido tiene este construir?—pregunta—. ¿Cuál es el fin de una ciudad en construcción sino una ciudad? ¿Dónde está el plano que siguen, el proyecto?
Te lo mostraremos apenas termine la jornada; ahora no podemos interrumpir —responden.
El trabajo cesa al atardecer. Cae la noche sobre la obra en construcción. Es una noche estrellada.
Puedes seguir el magnífico trabajo de Jie Ma en su sitio web y sus redes sociales: Behance, Facebook.
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Pienso que en un sentido u otro, todos los seres humanos estamos interesados en trascender la naturaleza humana. El camino puede ser la religión, el arte o simplemente el miedo a la muerte. La única manera de vencer esto es aceptar la posibilidad de que podemos transformarnos en otra cosa. El problema es saber cuánto queda de uno mismo en la transformación. Por eso me interesan tanto los insectos, porque casi todos padecen transformaciones, metamorfosis. Uno se puede preguntar si una mariposa se acuerda de cuando era gusano. ¿Es el mismo individuo o es algo completamente distinto? No lo sé.
David Cronnenberg
La cuestión es la transformación. Materia que se desplaza de un modo a otro, dejando de ser lo que era, sin ser todavía lo que habrá de ser.
Ese punto intermedio donde la voracidad de los acontecimientos sacude la fragilidad del sentido hasta que termina por perderse; para ser otra cosa… Para sernos otro… Para devenirnos otro/otra/otros/multitud/legión/objeto/perro que ladra/mordisco… Y así sucesivamente…
Lo que nos hace vulnerables en esos preciosos momentos en los que ejercemos el deseo, o mejor, en los que somos ejercidos por el deseo, es precisamente el abandono de toda noción o dirección. De toda sensación de seguridad y quietud.
No se es el mismo mientras se produce/se padece/se somete/sucede un orgasmo -por ejemplo-…
Ya hemos insistido varias veces en que no es lícito hacerle decir a una obra lo que ésta nunca dijo o no tuvo intención de decir. Y queda claro también que lo que nos mueve es precisamente la inquietud. Inquietud porque encontramos resonancias. Porque lo que aquí vemos responde, tal vez, a preguntas que vienen con nosotros desde otros tiempos y otras territorialidades.
Lo que hay aquí nos remite una pregunta que ya nos precedía…
Y es entonces que encontramos algo que nos parece remotamente familiar…
«Cochlea & Eustachia», del ilustrador Hans Rickheit, nos recordó la inquietud «interpuesta» por la «Alicia» de Lewis Carroll.
Independientemente de las consideraciones/críticas morales que se puedan presentar por la «supuesta/confirmada» pedofilia del autor (porque esa no es la cuestión que nos interesa), y al margen también de cualquier consideración de tipo «pornográfico» frente a la novela, hay sin embargo sustratos que la recorren.
En Alicia todo empequeñece o crece al margen de sus personajes, y a la par de ellos, o contra ellos…
Cada vez que el deseo es traicionado, maldecido, arrancado de su campo de inmanencia, ahí hay un sacerdote
Gilles Deleuze – Félix Guattari
O es también Alicia la que padece transformaciones tan frenéticas que en muchos momentos ya ni siquiera es Alicia. O por lo menos lo que queda de ella no sabría decirlo…
No se trata tampoco de afirmar de manera grotesca (y hasta grosera) que «Cochlea & Eustachia» no es más que una versión Porno/Siniestra de «Alicia en el país de las maravillas».
Nos interesa la manera en la que sucede la transformación. Lo que la recorre. Lo que la alimenta. Nos interesa lo que Hans Rickheit ha logrado, o mejor, la cuestión que Hans Rickheit ha dejado en el aire al ponernos frente a sus miedos/obsesiones oníricas.
Como dijimos en un principio, la cuestión es la transformación… La metamorfosis.
Y en eso se parecen también el horror, el asombro, la inquietud y el morbo que nos puede producir observar esta obra; estas ilustraciones.
Para liberar el “Cuerpo sin órganos” hace falta mucha prudencia: abrir el cuerpo a conexiones que suponen todo un agenciamiento
Gilles Deleuze – Félix Guattari
Lo que ocultamos de la normalidad. Lo que no dejamos ver por temor a ser identificados/categorizados bajo el rótulo de una «naturaleza pervertida» o desviada.
Pero es en sueños también donde se caen todas las máscaras…
Resulta interesante recordar lo que alguna vez escuchamos: «El mecanismo por el cual funciona lo inconsciente, como en los sueños, es aditivo…» Todo sucede como una suma desquiciada de objetos/deseos/lugares donde, frenéticamente, un sitio cualquiera es A y B y Z al mismo tiempo.
Y también las personas. Los acontecimientos.
«Cochlea & Eustachia» recorren -como Alicia- un mundo subterráneo. Los objetos/animales les recuerdan constantemente que todo es provisional y transitorio. Que todo lo que allí ocurre sucede hacia la mitad. No es esto, pero tampoco es lo de más allá, sino hacia la mitad.
Intensidades más que sujetos-objetivados y claramente discernibles. Estratificados dentro de la funcionalidad operativa de una sexualidad «normal».
No hay caballos que no sean también falos sin cabeza llenos de cavidades, mucosas y artefactos interconectados. No hay gatos que no sean también teléfonos anales o interruptores de un mecanismo del cual ignoramos completamente su función. Pero no por esto dejan de tenerla, aunque resulte inverosímil.
Alcia «sucumbe» a la profundidad y cae por el agujero del conejo. «Cochlea & Eustachia» habitan de antemano la profundidad y conviven -como cosa cotidiana- en la pura indeterminación. En un devenir «demente» que no cesa de escapar a cualquier objetivación.
La profundidad que habitan no atiende a ninguna direccionalidad. No es vertical ni horizontal, sino las dos al mismo tiempo y en adición a cualquier otro «sentido» o dirección que suceda o se presente. Es el puro deseo sin estratificación, ni plan, ni modelo moral.
No es precisamente el fantasma del deseo en cuanto «castración», sino el puro deseo en cuanto intensidad y potencia de todos los encuentros…
Sin embargo, ahí era donde se ocultaba el deseo, el Oeste era el camino más corto del Este, y de las otras direcciones redescubiertas o desterritorializadas.
Sin embargo, ahí era donde se ocultaba el deseo, el Oeste era el camino más corto del Este, y de las otras direcciones redescubiertas o desterritorializadas.
Gilles Deleuze – Félix Guattari
«Cochlea & Eustachia» no remiten a un juego de «lógicas del sinsentido», como tal vez ocurre en Alicia. Todo lo contrario, «acontecen» a expensas de cualquier diagramación de un sentido posible (de una direccionalidad tipo: Esto es A y, por lo tanto, no es B).
Este par de niñas suceden como en sueños: Expuestas a todos los encuentros, potencias de todas las pasiones, sujetas a la indigestión y al «desenfreno». Ellas u otras. Penetradas y penetrantes: se degluten a sí mismas y entre sí, pero ignoran exactamente el orden del proceso. Es decir, ignoran si tragan, o son tragadas. E incluso, ignoran si tragan o defecan, o el proceso contrario…
Pero resulta que es al mismo tiempo que las dos cosas suceden… Un devenir «en la simultaneidad, cuya propiedad es esquivar el presente».
«Cochlea & Eustachia» suceden (nos hacen rememorar una inquietud que nos precede) frente a la cuestión del «Cuerpo sin órganos» en el tratamiento conceptual que hacen Deleuze y Guattari frente al asunto.
Y nos parece entonces que esta serie ilustrada nos da una buena idea de lo que el concepto «Cuerpo sin órganos» implica en toda su intensidad: El puro deseo en cuanto síntesis de una potencia y un agenciamiento. Una ética en el límite, donde se desea y -activamente- se decide desear: «campo de inmanencia del deseo. Plan de consistencia propio del deseo (justo donde el deseo se define como proceso de producción, sin referencia a ninguna instancia externa, carencia que vendría a socavarlo, placer que vendría a colmarlo).
El puro deseo enfrentado al límite de su propia «mayoría de edad» kantiana… Sin lugar a agenciamientos de tipo externo/normativo/sintomático/coercitivo.
No el deseo como el lugar del «fantasma» o el síntoma, sino como campo de producción de un sentido desterritorializado/nómada/desvinculado. Es decir, que se produce a sí mismo sólo en la medida en que acontece.
No hay nada tan difícil como hacerse cargo de sí mismo y de su propio deseo ¿cierto?
Aquí un enlace donde puedes leer más acerca de la noción del «Cuerpo sin Órganos»
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En este punto ya no cuenta ninguna «incertidumbre intelectual»: ahora sabemos que no se nos quiere presentar el producto de la fantasía de un loco, tras el cual, desde nuestra superioridad racionalista, pudiéramos discernir el estado de cosas positivo; y sin embargo. . . Ese esclarecimiento en nada ha reducido la impresión de lo ominoso.
La angustia primitiva que viene -de algún modo- a jugar un rato con la poca sensatez que nos queda. Y lo que queda de nosotros es entonces el pobre espanto sin nombre. El ojo siniestro que nos observa sutilmente desde los rincones más oscuros de la memoria. Allá donde no queremos ir.
Pero es eso precisamente lo que vuelve; y ante lo cual no queda remedio sino espanto. El horror mudo de quien no puede nada contra los fantasmas de su pasado.
Lo siniestro, que no tiene nombre sino muecas de angustia. Lo que no tiene nombre sino gritos que nadie escucha…
No se puede obligar a una obra a decir lo que nunca ha dicho. Pero no se puede negar, sin embargo, que hay algo familiar -algo a lo que sin embargo queda muy difícil darle un nombre- en las maravillosas piezas de horror concebidas por el artista argentino Santiago Caruso.
Volvemos siempre -ya de noche- a contemplar con horror el abismo en el que se ha convertido un pasado que no se calla.
Lo que habita en ellas es el espanto. Lo que se reprime sin éxito porque no termina nunca de regresar. De modularnos desde nuestras más oscuras pesadillas su propio nombre, oscuro e indescifrable.
Santiago Caruso nos regala obras de un asombro y un horror absoluto. Cercanas -de algún modo- al trabajo de Francis Bacon, Giger y el propio Fuseli, sin caer en la repetición ni el cliché, toca las fibras de un horror que cargamos con nosotros, que llevaremos siempre en nuestros ojos hasta que venga por fin la Parca a cerrarlos definitivamente…
Lo innombrable. Lo siniestro. Lo ominoso. Eso que alguna vez el mismo Freud intentó descifrar…
Y es precisamente lo que vuelve. Lo que de día, a la luz de la razón, rechazamos por ponernos demasiado cerca del abismo incontrolable de la psicosis. De la locura. De lo azaroso e impredecible. La anarquía de un horror al que nuestra conciencia ha puesto a dormir en los desvanes, en los sótanos más oscuros de nuestro ser…
Y es eso lo que no deja de hacer un ruidito molesto, incómodo. Un murmullo sordo que, ya en las noches, vuelve a nosotros como un mar furioso a reclamar nuestra cordura.
La obra de Santiago Caruso es hermosa porque viene a darle nombre a nuestra cobardía…
Al triste miedo que nos hace esclavos de lo que ocultamos.
Lo que habita en ellas es el espanto. Lo que se reprime sin éxito porque no termina nunca de regresar. De modularnos desde nuestras más oscuras pesadillas su propio nombre, oscuro e indescifrable.
Lo que habita en ellas es el espanto. Lo que se reprime sin éxito porque no termina nunca de regresar. De modularnos desde nuestras más oscuras pesadillas su propio nombre, oscuro e indescifrable.
De aquellos secretos inconfesables que, a fuerza de mantenerse ocultos, han venido a desbordarse hasta las límites de una angustia incomprensible.
Si, nuestros fantasmas seguirán ahí, aullándonos sin pausa ni prisa hasta que algún día logremos -por fin- mirarlos a los ojos…
#creemosenelasombro
¡Comparte el asombro!
Visita el sitio web de Santiago Caruso para conocer más de su obra Aquí
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Mi herida existía antes que yo; he nacido para encarnarla.
Joe Bousquet
No se puede ser mendigo de la tragedia.
El acontecimiento trágico; lo que sucede por encima de la «voluntad» y la sobrevuela, no puede ser visto como un ave carroñera que viene a arrebatarnos la poca felicidad que este mundo nos entrega. La poca que, a veces, podemos también arrebatarle…
En toda tragedia subyace siempre una especie de heroísmo. Un destino que no se quiere definir a sí mismo como justo o como injusto; merecido o inmerecido.
El hombre trágico – el sujeto trágico, que puede ser también toda una civilización, una cultura de la trágico- tendrá que entender que es casi obligatorio escoger entre estar a la altura de su propio acontecimiento, o caer en el lastimero fango de la autocompasión.
Japón -como nación y como cultura- conoce muy bien el significado del desastre. Han sabido moldear las caídas más hondas hasta el punto extremo de la estetización de su propio destino.
Han visto muy de cerca los abismos más tristes de la condición humana, y han tenido que padecerlos en carne propia
levantándose siempre con un estoicismo radical.
Y sin embargo, los embates más oscuros resultan ser los más imperceptibles. La carga más liviana termina siendo precisamente el veneno más artero…
Su obra está atravesada por una especie de preocupación ante el riesgo latente de ver a Japón convertido en una mueca banal de Occidente.
Japón vive hoy, con asombro y desasosiego, una nueva generación que no se quiere ya japonesa, sino occidental…
Y es tal vez esa tristeza la que su misma cultura no tenía presupuestada. El espanto más imprevisto ha sido verse
colonizados por una cultura a la que siempre despreciaron. Mirarse a sí mismos -a sus jóvenes- deslumbrados por el penoso brillo de una cultura que sobrevive artificialmente en la mera superficie de su mascarada.
Y es ahí donde se comprende entonces la extraña diferencia entre el desastre y la tragedia…
Japón ha sabido reponerse siempre de sus desastres -Hiroshima y Nagasaki, por ejemplo- pero ante su propia tragedia -el temido riesgo de perder su identidad, de convertirse en Gaijin, extranjeros de sí mismos- se sabe radicalmente desprotegido.
Kazuki Takamatsu compone esta inquietud frente a la extraña desconexión cultural entre las viejas y las nuevas generaciones de su país. La rebelión suicida de sus jóvenes, que ahora parece que no se despojan de su vida por viejas cuestiones de honor -como en el cine de samurais- sino como síntoma de una sociedad fracturada que ha perdido su lugar en el mundo. Que ve nublado su propio destino y no ha sabido muy bien donde trazar la línea divisoria entre Japón y Occidente.
La visión de una pubertad deslumbrada por los torpes brillos de la «pop-culture» -atravesada también por la guerra, la muerte y la autodestrucción- y enmarcada en un punto que media entre el sueño y la pesadilla.
La visión de una pubertad deslumbrada por los torpes brillos de la «pop-culture» -atravesada también por la guerra, la muerte y la autodestrucción- y enmarcada en un punto que media entre el sueño y la pesadilla.
Recopilamos algunos trabajos de sus colecciones “Spiral of Emotions” y “Japanese Ideology of Puberty” y alcanzamos a entender, medianamente y desde nuestra percepción netamente occidental, que su obra está atravesada por una especie de preocupación ante el riesgo latente de ver a Japón convertido en una mueca banal de Occidente.
La visión de una pubertad deslumbrada por los torpes brillos de la «pop-culture» -atravesada también por la guerra, la muerte y la autodestrucción- y enmarcada en un punto que media entre el sueño y la pesadilla.
Esa -nos parece- es la inquietud que refleja su obra. Y esa es también, de alguna forma, la cuestión que parece dejarle a su propio país: «No ser indignos de lo que nos sucede».
#creemosenelasombro
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Visita el sitio web y las redes sociales de Kazuki Takamatsu para conocer más de su trabajo.
También puedes encontrar información interesante sobre su trabajo aquí
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