El azar no es más que la medida de la ignorancia del hombre
Henri Poincaré
Tal vez no existe el tiempo sino un efecto gravitatorio. Una fuerza o atractor que impulsa una serie de eventos que bajo ninguna circunstancia son aleatorios, sino diferentes en intensidad.
Cada evento es el resultado de una afección previa y consecuentemente, causa de una afección posterior.
Y en medio sucede lo que llamamos realidad como conjunto de dos sistemas complejos a los que, por pragmatismo lingüístico conocemos como tiempo y espacio.
Pero no dejan de ser “sistemas” que dependen de un conjunto inaprensible de causas y efectos que afectan y son afectados entre si, generando nuevas causas y nuevos efectos que probablemente (considerado un plazo infinito) ya han sucedido alguna vez o posiblemente vuelvan a suceder (muchos eones después).
Sin embargo, teniendo como circunstancia atenuante la imposibilidad humana de considerar lo infinitamente pequeño o lo infinitamente grande, el espectro de nuestra percepción sólo puede abstraerse hasta los accidentes y circunstancias que se corresponden con nuestro “tamaño” dentro del universo.
Julius Horsthuis es un artista digital y diseñador de efectos visuales de origen holandés que por medio de un arduo trabajo de exploración y experimentación ha logrado crear estas magníficas piezas. Pequeños universos que parecen prefigurar un caos fractal.
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El arte es lo que resiste: resiste a la muerte, a la servidumbre, a la infamia, a la vergüenza.
Gilles Deleuze
«Butcher Billy» – Artista, diseñador gráfico e ilustrador brasilero, nos ofrece a través de sus piezas -tal vez- la única rebelión que nos queda como generación: Imaginar, crear y recrear. Subvertir…
RESENTIR (sentir dos veces) – RESISTIR – REBELARSE
Porque lo que sabemos del poder es padecerlo…
En el nombre que nos dieron; y en la culpa que nos dejaron.
«¿Querías una casa?» – Empeña lo que tengas por treinta años.
Lo único realmente tuyo es esta deuda a la que llamas «vida».
«¿Querías salud?» – Por supuesto. La quimio comienza en treinta minutos. Siéntate tranquilo… Vivirás postrado, mientras tengas suficiente para pagarlo…
No lo olvides, lo único realmente tuyo es este cáncer al que llamas «vida».
«¿Buscabas trabajo?» – ¿Cómo no? Ve a la casa de tus padres, nosotros te llamamos…
Recuerda, lo único realmente tuyo es esta sobra a la que llamas «vida».
¿De qué quieres salvarte pequeño? Este mundo siniestro no es más que un miasma de corporaciones. Multinacionales más peligrosas que Al-Qaeda. Una suma violenta de paraísos fiscales…
La dictadura del marketing al servicio de la culpa.
Demasiado feos para este carnaval de la desgracia…
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Tienes la cara del que acepta lo que ve porque está esperando despertar
The Matrix
Se trata, sobre todo, de una obsesión personal por las geografías perdidas y remotas.
Es también -después de todo- una manera de estar solo…
Quienes lo han probado alguna vez; aquellos que no han salido corriendo -espantados ante la perspectiva de saberse solos- han experimentado el inmenso placer que significa “perder los rumbos tradicionales” y entregarse por completo al sentimiento de percibirse extranjero.
Es algo muy cercano a un “orgasmo de libertad”, por así decirlo….
Quien se ha cansado alguna vez de sí mismo sabe también lo liberador que puede llegar a ser eso de “perder la identidad”. Dejar atrás el nombre, la historia, los lazos y las fronteras.
Hacerse nómada y trazar en sí mismo una línea de fuga donde, incluso, la misma noción del “sí mismo” no parece más que un sueño distante. En todos los tiempos y en todos los espacios.
De lo que se trata realmente es de percatarse que el “Arte” no existe…
Ahora, lo importante para este caso no tendría por qué ser si debe permitírsele o no la entrada al “Glitch” dentro de las fronteras del “Arte”. Sobre todo cuando la misma noción de lo que se entiende por “Arte” puede remitir solamente a un cascarón vacío de sentido…
Sería sencillo realizar una consulta popular, una especie de “plebiscito democrático” en el cual fuera posible poner a una cantidad x de personas frente a un grupo tremendamente variado de producciones (“artísticas”, accidentales, finamente elaboradas o simplemente artesanales) para que cada una realizara una lista en la que pudiera definir si lo que tiene al frente es o no es un producto “digno” de llamarse “artístico”; suficientemente “digno” como para ser exhibido en galerías y museos. Suficientemente “digno” para ser subastado, adquirido y revendido cuando su precio sea ya exorbitante.
Podría objetarse entonces que para realizar semejante consulta haría falta un público mucho más especializado. Críticos de arte, curadores, diseñadores, arquitectos, artistas y coleccionistas tendrían que hacer parte del plebiscito por el arte y entregar entonces un criterio final que, casi con plena seguridad, sería similar -con mucho- al veredicto que podrían entregar los “legos” de la materia.
Con esto no trato de implicar que el “saber” y la “ignorancia” sean equivalentes. Tampoco quiero decir, ni mucho menos, que “toda opinión vale lo mismo”, tanto si se trata de la opinión de un especialista como si se trata de la de una persona que desconoce la materia en cuestión.
De lo que se trata realmente es de percatarse que el “Arte” no existe…
Lo que se entiende por “Arte” puede remitir solamente a un cascarón vacío de sentido…
Lo que se entiende por “Arte” puede remitir solamente a un cascarón vacío de sentido…
Existen “producciones plásticas creativas” a las que -casualmente- tratamos de encerrar dentro de los límites de un concepto que ha hecho aguas. Un concepto que sólo sirve bajo una lógica -demente- por clasificar, por reducir un fenómeno a la mínima expresión de su nombre.
Un concepto-etiqueta que no designa ya nada porque lo que se produce bajo ese nombre no cabe ya dentro de los márgenes preestablecidos.
No hay una “Muerte del Arte” como declaración apocalíptica. Existe más bien un concepto obsoleto dentro del cual no cabe ya el proceso creativo sino, simple y llanamente, el temor reverencial por lo que se vende, se usufructúa o se conserva en museos, galerías y oficinas de coleccionistas privados.
Por supuesto, la diferencia abismal entre el concepto y el fenómeno se evidencia aquí notablemente.
Si el concepto “Arte” es obsoleto no lo es precisamente porque el fenómeno de “lo artístico” -la creación plástica- haya desaparecido.
Así, el “Glitch” no es “Arte”…
“Glitch” no corresponde a la misma clasificación, a la misma categoría escolar en la que encerramos a Rembrandt o a Renoir.
“Glitch” es un terreno confuso y hasta “incomprensible” porque propone, como imagen de lo creativo, disposiciones que no corresponden en lo más mínimo a lo que sabemos de la Historia del Arte.
Y es ahí, tal vez, donde recae la gran confusión y el inconveniente que el “Glitch” nos presenta: Si existe aún lo artístico, debe existir completamente desligado de la Historia del Arte.
Lo artístico -como fenómeno- no se puede confundir con la historiografía del arte -como concepto-.
Sería casi como pensar que se hace Filosofía simple y llanamente por conocer la Historia de la Filosofía.
Hay una brecha muy amplia entre conocer la historia de los conceptos y, de hecho, producir conceptos. Así como existe un abismo considerable entre conocer la Historia del Arte y producirlo…
“Glitch” representa, como lo dije en un principio, una obsesión personal por las geografías perdidas y remotas. Una manera de estar solo. Una forma de ser conmovido e interrogado por un producto creativo.
Porque de eso tiene que tratarse precisamente el fenómeno de lo artístico. De producir una obra que mueva, que interrogue los breves cimientos sobre los cuales se fundamenta nuestra existencia prosaica, común y rutinaria.
Lo que necesitamos es arte que nos golpee como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos. Arte que nos haga sentir desterrados a los bosques más remotos, lejos de toda presencia humana, algo semejante al suicidio. Una obra de arte debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros.
Lo que necesitamos es arte que nos golpee como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos. Arte que nos haga sentir desterrados a los bosques más remotos, lejos de toda presencia humana, algo semejante al suicidio. Una obra de arte debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros.
Paráfrasis de un texto original de Kafka
El formato en el que se nos presente un producto artístico no tiene nada que ver con su capacidad para obligarnos a mirar con otros ojos -desde otra perspectiva- la tranquila superficie de nuestras vidas.
Podría ser un óleo maravilloso o simple y llanamente un graffitti callejero. Podría ser también un formato digital el que se rebele contra nuestros estándares y nos provoque entonces una inquietud casi “malsana” y obsesiva. Una necesidad por saber, por conocer, por darle un sentido…
“Glitch” representa y formula la grieta en nuestros conceptos. La pone en evidencia. Produce piezas digitales que son, también, como un interrogante: “¿Crees que es aire lo que estás respirando ahora?”
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