El arte va más allá de su tiempo y lleva parte del futuro
Wassily Kandinski
Tal vez -después de todo- el arte por sí mismo no es más que un sueño.
No hemos encontrado ninguna salvación; desde ninguna orilla política, religiosa o corporativa han venido a darnos una mano, a decirnos que vale la pena conservar la esperanza o la ilusión. Que hay un mañana y que en ese mañana no se van a repetir los errores ni los horrores a los que nos hemos visto sometidos por la guerra, la injusticia o la discriminación.
Nos han mentido -si-. La política, la religión y las grandes multinacionales nos han prometido el cielo y todos sus tesoros y a cambio de nuestra ingenuidad no hemos recibido más que el siniestro zarpazo de la desilusión.
Se han robado nuestro presente y constantemente amenazan con arrebatarnos también nuestro futuro.
También las revoluciones. Aún las más hermosas y pacíficas nos han legado un mundo en llamas; el mismo al que no pudieron vencer.
Eso “real” que nos devuelve una mirada cínica e indiferente cada vez que alguna generación logra levantarse sobre sus circunstancias y gritar “No más”.
Tal vez por eso mismo el arte no es más que un sueño, y el artista (junto a su obra) aquella voz que nos grita lo que al despertar olvidamos de nuevo.
“Wild Drawing” artista de origen indonesio radicado en Grecia, nos regala con inmensa maestría murales llenos de talento e imaginación. Mensajes que nos hablan -como en sueños- de un mundo mortalmente real y al mismo tiempo nos anuncian otras tierras donde la fantasía tiene mucho más sentido que este caos al que llamamos “lo real”.
¡Disfruta su trabajo! ¡Déjate llevar por el asombro!
NOTA: “Bifrontal Editores” no es dueña de las imágenes aquí mostradas. Éstas sólo se usan con fines informativos para nuestra revista digital (revistabifrontal.com). Los créditos respectivos son debidamente anotados con el nombre del autor o autores, propietarios de todos los derechos.
Es hacia el medio como se establece una relación que desborda los límites del sujeto. Hasta el punto que éste se ve incorporado al objeto como si el resultado no fuera más que una «maquinaria demente»
Espacios cerrados donde la luz no tiene cabida (la misma luz que también es un cuerpo en comunicación). Y existen plazas inmensas, o edificios gigantescos donde se puede sentir la extraña irrelevancia del cuerpo propio.
La instalación, como objeto del arte, inquieta el cuerpo del espacio e interroga también al cuerpo propio.
Una grieta en lo habitual, lo conocido. Alteración profunda de todos los significantes propios de un lugar. Modificación sustancial de la luz, la sombra, el color, las texturas y los ecos.
Una instalación, como objeto del arte, supone también un encuentro que produce o propone -desterritorializándolo- un estallido del sentido. Y en sus fragmentos, dispone nuevos territorios para echar a andar el deseo y el goce.
No es más que perdiéndonos en el panorama dispuesto por la instalación -en un espacio- como accedemos o somos sobrepuestos a una línea de fuga.
La desintegración de lo habitual sobre la cual todo queda por construir, por resignificar, por rebuscar y reencontrar.
La instalación, como objeto del arte, no es precisamente un escultura, aún cuando ambos objetos recurren a manifestaciones y disposiciones «similares» en relación con el contexto de un espacio.
Ambos objetos hablan de la luz y de la sombra. De los volúmenes y la extensión. De las texturas y una disposición determinada dentro del espacio -y del espacio mismo-.
Queda la pregunta: si una instalación no es una escultura, ¿qué es entonces?
Uno podría pensar que la escultura es un «cerramiento». Existe como pieza tallada en la madera, esculpida en la piedra o fundida en el bronce. Pero hay una limitación clara entre el afuera (escultor – espectador) y el adentro (escultura como objeto «de sí» en un espacio).
La instalación -por su parte- desborda la frontera del adentro y el afuera; y existe (o subsiste) en el puro devenir.
El itinerante (el espectador) parece sumergido -diluido- en los objetos, las formas y los cuerpos que la componen, o mejor, de los que está compuesta. Incluido el espacio mismo.
No hay un cerramiento.
Y habría que entender entonces que este cerramiento no se define como «clausura», sino más bien como «tabú» entre el objeto y el sujeto. Distancia cognitiva entre el sujeto y su afuera.
Una instalación no es un adentro puesto que tampoco subsiste ningún afuera.
Es hacia el medio como se establece una relación que desborda los límites del sujeto. Hasta el punto que éste se ve incorporado al objeto como si el resultado no fuera más que una «maquinaria demente». Una metamorfosis donde la identidad -como catálogo de una personalidad- acaba por resultar irrelevante.
La instalación, como objeto del arte, tiene una relación mucho más profunda con la arquitectura que con la escultura.
Está más cerca de la creación de un espacio (como no-lugar) que de la forma cerrada propia de un objeto.
Subsiste en el puro devenir porque no «es» dentro de un espacio sino que, por paradójico que parezca, sucede -o acontece en sí misma- como un espacio (un no-lugar) que no deja de escapar a los límites de las fronteras objetivas del punto y la línea.
Sin embargo, a diferencia de lo que sucede con la arquitectura, el no-lugar de la instalación no es un espacio que preceda al sujeto.
No se puede vivir en ella. Ni trabajar. Mucho menos estudiar, orar o realizar transacciones de bolsa.
Por eso mismo acontece como un no-lugar.
La instalación sucede como punto de fuga de una transformación.
La metamorfosis no sucede solamente en el lugar en el que la instalación «aparece» como acontecimiento, sino también que es padecida por el sujeto que la atraviesa y es -al mismo tiempo- atravesado por ella.
Lo transformación resultante es precisamente ese encuentro en el que se diluyen la obra y el espectador y sobreviene entonces el sentido como signo de una pregunta por resolver.
NOTA: “Bifrontal Editores” no es dueña de las imágenes aquí mostradas. Éstas sólo se usan con fines informativos para nuestra revista digital (revistabifrontal.com). Los créditos respectivos son debidamente anotados con el nombre del autor o autores, propietarios de todos los derechos.