El azar no es más que la medida de la ignorancia del hombre
Henri Poincaré
Tal vez no existe el tiempo sino un efecto gravitatorio. Una fuerza o atractor que impulsa una serie de eventos que bajo ninguna circunstancia son aleatorios, sino diferentes en intensidad.
Cada evento es el resultado de una afección previa y consecuentemente, causa de una afección posterior.
Y en medio sucede lo que llamamos realidad como conjunto de dos sistemas complejos a los que, por pragmatismo lingüístico conocemos como tiempo y espacio.
Pero no dejan de ser “sistemas” que dependen de un conjunto inaprensible de causas y efectos que afectan y son afectados entre si, generando nuevas causas y nuevos efectos que probablemente (considerado un plazo infinito) ya han sucedido alguna vez o posiblemente vuelvan a suceder (muchos eones después).
Sin embargo, teniendo como circunstancia atenuante la imposibilidad humana de considerar lo infinitamente pequeño o lo infinitamente grande, el espectro de nuestra percepción sólo puede abstraerse hasta los accidentes y circunstancias que se corresponden con nuestro “tamaño” dentro del universo.
Julius Horsthuis es un artista digital y diseñador de efectos visuales de origen holandés que por medio de un arduo trabajo de exploración y experimentación ha logrado crear estas magníficas piezas. Pequeños universos que parecen prefigurar un caos fractal.
NOTA: “Revista Bifrontal” no es dueña de las imágenes aquí mostradas. Éstas sólo se usan con fines informativos. Los créditos respectivos son enlazados a los sitios web del autor o autores propietarios de las mismas.
Podría tratarse de un cuarto oscuro e inmenso; y dependiendo del clima de nuestro espíritu podría ser también un espacio amplio y fresco, o una ruina mohosa y sucia. Y también un sitio espantoso, que repugne al olfato, repleto de objetos peligrosos y olvidados.
O bien la memoria sucede en otros lugares.
Una cocina, una sala o un patio.
Podría ser también que no se trate de la memoria como un «objeto» único y singular, sino más bien de «las memorias». Múltiples y extendidas hacia todas las direcciones. En la imagen de los otros a los que ya no podríamos reconocer hoy sino con sorpresa.
Los otros, que han ido envejeciendo como lo hemos hecho nosotros.
Es cierto, en nuestra memoria no tenían canas ni barriga. O tampoco habían muerto.
Los conservamos ahí. O sería mejor decir que nos conservamos a nosotros mismos en su imagen.
Y sería bueno preguntarle a Spinoza si es posible considerar la memoria como un cuerpo.
De todas formas comparte la capacidad de afectar y ser afectada. Como cualquier otro cuerpo.
¿Acaso «muere» realmente lo que olvidamos?
Lo que se olvida es precisamente lo que nos afecta.
Nada pasa por el cuerpo sin dejar una marca. Que la «olvidemos» no implica que el cuerpo no la guarde y mucho menos que la memoria no la explote haciéndola volver como un síntoma; como un sueño o como un lapsus.
No somos “nosotros”. No hay realmente nada a lo que podamos llamar nosotros. O bien somos solamente un atributo demasiado irrelevante dentro del cuerpo que nos es.
Es el cuerpo el que es. Y nosotros solamente somos su atributo. Así como el olvido es también un atributo de la memoria, que realmente nunca olvida nada sino que lo guarda todo secretamente para repetirlo en el sueño, en el síntoma o en la palabra fallida.
Reconocer las causas primitivas de nuestra esclavitud no implica un hundimiento en la degeneración de la tristeza.
No se disfruta de una “buena salud” más que sumergiéndose en el propio caos interior para comprender mejor los mecanismos por los cuales la memoria nos golpea utilizando precisamente todo eso que olvidamos, pero ella no…
Somos esclavos de lo que olvidamos.
Es lo que hemos dejado atrás, desatendido, lo que hace metástasis en nuestra precaria cordura a través de la neurosis; y en casos extremos, a través de la ruptura psicótica.
Convertir el pasado, o mejor, hacer de lo que habita en el pasado (la memoria misma) una obsesión, no es hacerse a sí mismo un esclavo sino, todo lo contrario, buscar la libertad a través de lo único que puede doblegarnos irremediablemente: nuestro cuerpo.
Buscar sentido en la memoria es ejercerse a sí mismo como potencia de lo mejor y lo más alto.
Comprenderse a sí mismo -comprender lo que se ha olvidado- es tal vez una de las pocas cosas realmente valiosas frente al hecho de existir.
Hacerse cargo de lo que olvidamos implica un esfuerzo por sobreponerse también a lo peor de sí mismo. Así como también significa un esfuerzo por darle un sentido a lo peor que hicieron de nosotros, con nosotros o contra nosotros.
Comprender realmente lo que guarda la memoria (eso que nosotros mismos hemos olvidado) significa también entrar en una relación de afecciones, un laberinto del que podemos salir -o no- victoriosos.
Y sin embargo, entrar en ese laberinto que supondría un encadenamiento de encuentros tristes no lo es más que en apariencia: La libertad no la otorga el olvido.
Entregarse al encuentro de la memoria es potenciarse a sí mismo en el ejercicio de la libertad. Sobre todo cuando comprendemos -después de todo- que el olvido es en sí mismo una prisión.
La obra de Levi Van Veluw nos sorprende mucho.
Aparece como una repetición obsesiva del pasado. Sus ilustraciones e instalaciones repiten los espacios de su infancia: una habitación, la casa donde creció, el comedor familiar, la escuela.
Y de un momento a otro la memoria de esos espacios se desfigura. Algo en todos ellos estalla, descomponiendo las cosas hasta convertirlas en fragmentos mínimos -porque el olvido es también una forma siniestra del caos- y algo en él lo sabe, o lo busca, o por lo menos lo intuye.
Y repite entonces los mismos espacios.
En lo que olvidó hay un sentido que se le escapa. Pero en lo poco que recuerda (fragmentos de su propio caos interior) recae el sentido de lo que todavía no es.
Deshacer el olvido es recomponerse a sí mismo a través de una experiencia traumática sólo en la superficie. Jugarse en el reencuentro, en la resolución de un conflicto ignorado que se repite como síntoma. Asumirse en el dolor de un «yo» desconocido contra la simulada paz de un olvido carcelario.
Tal vez por eso mismo disfrutamos su obra: como un regreso al laberinto de la memoria. El arte en busca de sentido.
«Spheres» – Vídeo instalación parte de la serie «The Collapse of Cohesion» de Levi Van Veluw
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La voz ha tomado más cuerpo…¡Ha tomado más de tu cuerpo!
Se quedó a dormir -«¿Acaso duerme?»- en los pliegues de tu barriga.
Una mañana despiertas. Ha tomado tu ombligo. Y tiene rostro ahora. Se desplaza. Sube por las costillas y se sienta a mirarte al espejo mientras te lavas los dientes…
Y no para de hablar.
Cada vez resulta más difícil escucharte a ti mismo. La negación de su presencia -que ya no se puede disimular- es impensable.
Algunos días te deja heridas. Te marca -como una res-. Colonizándote:
Mattis Dovier, dieñador gráfico, ilustrador y animador de origen francés, nos trae esta inquietante pieza visual. Un breve y siniestro viaje al interior que nos acerca de manera gráfica al mecanismo, al funcionamiento mismo de la psicosis como desencadenamiento, escisión y disolución de la personalidad.
«Inside», una impresionante novela gráfica en 8-bits realizada como comisión para «Channel 4. Random Acts».
La traducción al español fue un magnífico aporte de «La Horca«.
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Lo real es tan difuso, tan inconvenientemente ininteligible, que lo único que nos queda a la mano no es más que la sutil frontera del lenguaje -o la imaginación-.
Un horizonte de sucesos hacia el cual nos dirigimos como si se tratara de un oasis en medio del desierto.
¿Qué crees que verías si pudieras contemplar la inconmensurabilidad de lo real?
Vivimos el simulacro. La minúscula parcela que nos corresponde.
Vivimos nuestro cuerpo, y lo que imaginamos de nuestro cuerpo. Lo que decimos -y lo que dicen- de nuestro cuerpo.
Un universo de distancia media entre tú y yo. O entre tú y cualquier otro.
El espejo está muy cerca, pero jamás podrás llegar del otro lado…
«Shelter» una magnífica pieza visual del artista y animador digital Carl Burton. Una odisea del sentido inverso -que no es el sinsentido, sino la paradoja-
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Dios mío, si tú hubieras sido hombre, hoy supieras ser Dios; pero tú, que estuviste siempre bien, no sientes nada de tu creación. ¡Y el hombre sí te sufre: el Dios es él!
La «ceguera» es, por excelencia, el síntoma de quien definitivamente no quiere ver más allá de lo que su empobrecida visión le permite contemplar.
Nos han traído -sordos y «estúpidos»- a un mundo suicida y desquiciado.
Somos el plato predilecto del consumo. De la represión. Del miedo y de la angustia…
«Siéntate» – «Compórtate correctamente» – «Ve a la escuela» – «Busca un trabajo» – «Conoce al amor de tu vida» – «Cuida tu figura» – «¿Para cuándo los hijos?» – «Asiste al culto los domingos» – «No hay lugar como el Caribe para gastar tu triste quincena vacacional…»
Terminamos siendo, con lo años, el cáncer del cáncer de la «civilización»…
Nosotros. La gangrena impasible. El consumo siniestro. La angustia destilada, administrada en dosis dementes por los entusiastas del «welfare estate».
¿Dices o eres dicho?
¿Deseas o eres deseado?
Es decir ¿Deseas realmente, o sólo ejecutas (a distancia) el deseo de algún otro?
¿La vida que llevas es la vida que quieres o solamente te ajustas la máscara y asumes el papel?
¿La pregunta te ofende? También los espejos…
Pero disculpa, no podemos hablar más claro. Si no preguntamos no obtenemos respuestas…
No lo olvides: «Símbolo» no implica una «deliberada manera de ocultar información». «Símbolo» es tan sólo una pregunta que busca viralizar la inquietud…
Permítete -por un momento- el contagio de la duda y el breve malestar de no saber a dónde va todo esto…
Disculpa, no podemos hablar más claro…
¿Has notado ya que la rutina se compone precisamente de todo eso que damos por sentado?
No lo olvides: El peligro de asumir -de dar por hecho y suponer- es que todo lo que nos interpela termina convirtiéndose en paisaje…
Interpretar no es producir o exagerar un «concepto elaborado». Interpretar es formular una pregunta que no cesa de repetirse con la tenacidad de una obsesión; fundamentar un sentido mientras se propone una pregunta. Es decir, producir una búsqueda de sentido que sólo subsiste en la inquietud que genera.
Interpretar «no es saber ni ignorar, sino buscar, y uno no busca sino cuando ya ha hallado lo mínimo envuelto -signo- que arrastra al pensamiento en un movimiento de búsqueda».
(El texto original -de Francois Zourabichvili sobre Deleuze- dice «Pensar» en lugar de «Interpretar», pero la paráfrasis funciona)
Dinos ¿qué otra cosa es un símbolo -un signo- más que un interrogante?
Necesitamos «símbolos» que nos golpeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos. Símbolos que nos haga sentir desterrados a los bosques más remotos, lejos de toda presencia humana, algo semejante al suicidio. Un símbolo debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros.
Y podríamos perfectamente alterar la frase y hacerle decir lo que en verdad dijo… Reemplazar la palabra símbolo por libros; y también por arte; y también por filosofía o ciencia…
Dinos: ¿Has escuchado hablar alguna vez de «I, pet goat II» («Yo, Cabra-Mascota II»)?
Esta es nuestra interpretación de ese símbolo… (¿Ya ves que no era tan difícil ejercer la paciencia mientras subía el telón?)
Pero más allá de la multiplicidad de interpretaciones que hizo estallar (algunas «traídas de los cabellos» y otras bastante sólidas) nos inquieta como resonancia de una clave que contiene un llamado a «DESPERTAR»…
Occidente ha banalizado tanto los símbolos -los arquetipos- que ha logrado desplazarlos de su lugar como interrogante y los ha convertido en cliché -simulacro de respuesta- ante una pregunta que no puede ser llenada, masificada, vendida ni mucho menos comprada.
¿Te resulta familiar el concepto «auto-ayuda»?…
Dirás entonces ¿Y cuál es, pues, la dichosa pregunta a la que responde ese «simulacro de respuesta»?
Es simple…
¿Has notado el impresionante crecimiento de la ansiedad/angustia por buscar en cábalas, zodiacos de revista para señoritas y «test de personalidad» la respuesta a la pregunta por la identidad?
¿Quiénes somos?
¿Y crees, por remota casualidad, que vas a encontrar la respuesta en el fondo de una caja de cereal? ¿Cosmopolitan? ¿Netflix? ¿Un cuestionario en Facebook o una «selfie» en Instagram?
«Cuerpo sin órganos» como manera de ejercerse a sí mismo -a su propio deseo- sin la atadura de discursos de poder dictatoriales: Religión, política, consumo, entretenimiento, patrones de bienestar, gurús de la buena salud (mental/corporal/espiritual). Y así sucesivamente…
De ahí la pregunta: ¿Dices o eres dicho? ¿Deseas o eres deseado?…
¿La vida que llevas es la vida que quieres o solamente te ajustas la máscara y asumes el papel?
Hacerse a un «cuerpo sin órganos» implica una reorganización del trajinado «Conócete a ti mismo» socrático… Sólo que la contemporaneidad tendrá que ajustarlo al «Conoce lo que deseas…»
Un «cuerpo sin órganos» requiere que conozcas con claridad la abismal diferencia entre «LO QUE DESEAS» y LO QUE EL «OTRO» (fantasma/poder dictatorial) DESEA HACERTE DESEAR…
Un «cuerpo sin órganos» como agenciamiento de tu propio deseo. De lo que buscas (aún sin saberlo). De lo que quieres ser (aún sin tener la más remota idea).
¿De qué se trata entonces?
De asumir el viaje. El peligro. La exposición a todos los encuentros y todas las pasiones. En suma, la METAMORFOSIS de ti mismo…
Como la figura del «Cristo» -que tampoco es un Cristo propiamente dicho- cruzando el río de los muertos… Como un «Ra» navegando la barca solar… Dejarse morir para volver a nacer… Cruzar la noche para encontrar -otra vez- el día… Mirar como caen -al final- los imperios y las mentiras…
-¿Qué gracia tendría esta vida si uno siempre fuera el mismo?-
Dejar de ser el que creías y comenzar a ser lo que aún no sabes que serás…
Agenciar el deseo hasta liberarte del deseo del «Otro»: El que te manipula para que creas. El que te seduce para que lo sigas. El que te promete libertad y -secretamente- te esclaviza. El que te «regala» el cielo sólo para que lo elijas. El que banaliza tu resistencia y te convence de que no vale la pena. El que te mira a los ojos -sonriendo- mientras te apuñala. El que te contagia de angustia mientras reprime una carcajada. El que te vende quimioterapias mientras se burla de tu enfermedad. El que ha hecho de tu entretenimiento una industria. El que te castiga mientras goza…
Hacerse a un «cuerpo sin órganos» es también ejercer activamente una muerte y un olvido…
Dejar que muera la idea que tienes de lo que es tu «identidad». Olvidarla en medio de todos los encuentros. Convertirte en potencia de todas las pasiones…
Exponerte a transformarte en otra cosa. Dejar de decir: «YO SOY» y comenzar a tatarear «DEVENGO…»
¿Devenir qué?
Lo que verdaderamente deseas -muchacho-…
¿Has escuchado mencionar la frase: «Atrévete a servirte de tu propia razón»? Para hacerte a un «cuerpo sin órganos» tendría que decir: «Atrévete a desear por ti mismo…»
A manera de «regalo sorpresa», mira este magnífico vídeo de «Tool». Las referencias simbólicas son similares…
Te invitamos a visitar el sitio web de Heliofant. Aquí encontrarás diversas explicaciones relacionadas con la simbología referida en el corto. Así como «pistas» y otros detalles coquetos.
¡Disfruta la experiencia!
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A nadie le importará, ni al pájaro ni al árbol, si desaparece por fin la humanidad.
Sara Teasdale – Vendrán las lluvias suaves
Ray Bradbury pasó toda una vida escribiendo historias de robots, viajes interestelares y apocalipsis nucleares, y en el proceso, de la mano de Isaac Asimov, convirtió un género hasta entonces considerado como de «mala reputación», en joyas de la literatura.
Influyó a legiones de escritores y directores de cine en ambos lados del Atlántico. Desde Stephen King a Francois Truffaut, quien -de hecho- realizó la adaptación cinematográfica de su novela más conocida: Fahrenheit 451.
Sin embargo, esta cinta no sería la única adaptación de la obra de Bradbury. Muchos de sus relatos se han visto transformados en películas, series, programas de radio e incluso uno que otro videojuego.
Durante los últimos días de la Guerra Fría, varios animadores soviéticos demostraron su aprecio por el autor mediante la adaptación de varios de sus cuentos.
Este pequeño cortometraje en lengua rusa es poco conocido en occidente, pero es una magnífica adaptación del relato «Vendrán las lluvias suaves». Un cuento conmovedor e inquietante, sin duda…
La casa era un altar con diez mil acólitos, grandes, pequeños, serviciales, atentos, en coros. Pero los dioses habían desaparecido y los ritos continuaban insensatos e inútiles.
La casa era un altar con diez mil acólitos, grandes, pequeños, serviciales, atentos, en coros. Pero los dioses habían desaparecido y los ritos continuaban insensatos e inútiles.
“Vendrán las lluvias suaves” – Ray Bradbury
Varios detalles presentan cambios en relación con el original. Allí donde Bradbury dispone regimientos de «ratones robots» y otros agentes mecánicos, en el corto animado la casa no posee más que un sirviente, o mejor dicho, la «cabeza» robot de un sirviente.
En el relato, los acontecimientos narrados suceden en agosto de 2026, mientras que en la versión animada la historia transcurre entre el 31 de diciembre de 2026 y la celebración de Año Nuevo (1 de Enero de 2027).
Allí donde la historia original nos presenta una casa que «muere» lentamente, víctima distante de la guerra, el corto nos presenta un lugar que se somete, por su propia fuerza, a la destrucción.
En el corto, debido probablemente a la apariencia casi siniestra del robot-sirviente, los hechos se muestran de una manera mucho más fría, mucho más distante frente a la historia de Bradbury.
La representación de los «habitantes» es más gráfica y menos misteriosa que en el cuento, donde el primer vistazo que se tiene de la gente no es más que una sombra… Y aunque las sombras, sin duda, nos presentan un efecto mucho más conmovedor, vale recordar que Bradbury se inspiró en fotografías originales e informes de la explosión de Hiroshima.
Ubicar la historia como parte de la celebración del Año Nuevo es un cambio interesante: Permite incorporar la ironía de la celebración (cuando no hay más que «sombras» para celebrar) y corresponde también con la temporada de invierno (que resulta ser un remplazo muy adecuado y significativo de la lluvia ), otra de las características que dan al corto un toque más frío (más siniestro, por así decirlo) frente al relato de Bradbury.
De pronto las paredes se disolvieron en llanuras de hierbas abrasadas, kilómetro tras kilómetro, y en un cielo interminable y cálido. Los animales se retiraron a las malezas y los manantiales.
De pronto las paredes se disolvieron en llanuras de hierbas abrasadas, kilómetro tras kilómetro, y en un cielo interminable y cálido. Los animales se retiraron a las malezas y los manantiales.
«Vendrán las lluvias suaves» – Ray Bradbury
Una adición sorprendente que se hace es la inclusión de la «oración de la mañana».
De alguna forma, no parece muy probable la inclusión de este elemento dentro de una película del bloque soviético, pero Tulyakhodzayev es cuidadoso al recordar claramente que la historia se desarrolla en Allendale (California)…
Tulyakhodzayev nos regala entonces mucho más de lo que Bradbury plantea originalmente. Y esto no quiere decir que lo haya «superado», sino más que lo recreó -a su manera- dando vida a una nueva obra de arte.
Allí donde el relato se enfoca principalmente en los rituales diarios (el desayuno, ir a trabajar, ir a la escuela) Tulyakhodzayev explora el ritual familiar del Año Nuevo. La oración, todos de pie para entonar el himno nacional…
Vale la pena recordar que este corto data de principios de la década de los 80´s. Aquí hay un sentido de la sátira y la ironía frente a la guerra fría muy diferente de lo que encontramos en el cuento, más «inocente» por decirlo así, de Bradbury.
Parecería que lo religioso fuera considerado como un sobreviviente del Holocausto, pero de una forma hábil (y muy cáustica) Tulyakhodzayev sabe ponerle fin a esa consideración…
El sol asomó por detrás de la lluvia. La casa se alzaba en una ciudad de escombros y cenizas. Era la única que quedaba en pie.
“Vendrán las lluvias suaves” – Ray Bradbury
Presentar a la casa destruyéndose a sí misma podría parecer una complicación innecesaria, pero proporciona a toda la trama la inclusión del conflicto.
Toda la secuencia es, finalmente, lo que proporciona al corto su propia visión sombría y sobrecogedora: A pesar de la «promesa» que incluye el poema de Sara Teasdale, lo que realmente queda no deja lugar a demasiadas esperanzas…
Este corto, aunque se «aparta» un poco de la historia de Bradbury, es en sí mismo una pieza asombrosa. Realizada con algunas técnicas de animación muy interesantes y casi innovadoras para la época y el contexto de la guerra fría.
En fin, una muestra muy clara de lo que se puede lograr con las «ficciones» de Bradbury al llevarlas al formato audiovisual. Y si bien la animación puede no tener el «brillo» y la grandiosidad de las producciones de Disney, resulta sorprendentemente escalofriante y conmovedora…
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